Desolados y desarraigados

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Fidencio Treviño Maldonado.
ed. 354, agosto 2018

La desolación se instaló en muchos ejidos del vasto territorio nacional, pueblos que como Comala (Pedro Páramo) se llenaron de adioses, de penas y miseria, desiertos en donde antes hubo esmeraldinas vegas, en donde sólo en viñetas al óleo quedaron plasmados esos paisajes, las cosechas del campo en bodegones con marcos de color plata que adornan salas y otros espacios  y galerías. En una mirada retrospectiva podríamos preguntarnos ¿Dónde quedaron aquellos paseos al campo? ¿Qué les pasó a los frondosos árboles en las riveras de los ríos, lagunas o arroyos?, inclusive ¿Qué sucedió con los cauces de los ríos en donde mansa o furiosa corría el agua?, ahora convertidos sus lechos como sucios rellenos sanitarios, o de cloacas en donde las industrias descargan sus aguas residuales. La desolación expresa por sí misma un estado de ánimo de muy baja estima y acorta el camino para definir lo triste, lo desértico y yermo de un terreno o del alma.

Un dejo de nostalgia se respira en miles de comunidades y poblados rurales en donde no fueron suficientes los programas, los proyectos y promesas de la clase gobernante y los pobladores al preferir sus moradores dejar el terruño y convertiste en desarraigados en su propia tierra, nómadas en ciudades desiertas, trabajar en lo que sea y donde sea, saber de todo y de nada, sobrevivir.

-Nomas las mujeres quedan/ y el tiempo las va matando- dice una canción, mientras los ancianos que entre fumadas al Delicado y miradas perdidas en el horizonte esperan algo que nunca llegará, en pleno sol el futuro del país, niños descalzos juegan deslizando sobre la tierra caliza latas de portola vacías, tiradas de un cordel, éstos son sus únicos juguetes preferidos, las pocas mujeres esperan por horas con botes en mano la llegada del camión pipa para llenar todos los recipientes disponibles. ¿Porque quién sabe cuándo volverá? Primero se llenará la pileta en donde abrevan los animales del poblado, unas cuantas vacas y cabras, 6 burros, 2 caballos, algunos puercos, gallinas y perros. Este panorama inquietante dentro de este modernista, tecnológico y muy avanzado país se da en Salitrillo, Zacatecas, lo mismo que en miles de comunidades y ejidos fantasmas del territorio nacional.

Más allá de las cifras que proporciona la ONU sobre la desolación y el abandono del campo con datos estremecedores, sobre todo en países de América Latina, que para desgracia México ocupa el 2o. lugar en migración, y aunado a ésto nuestro territorio es un desierto que inexorable avanza invadiendo predios, tanto el salitre como la arena, incluyendo hierbas y arbustos, plagas que se adueñaron de la tierras ociosas, grandes lotes que ante la escasez de agua se dejaron de sembrar. En algunas zonas boscosas aun existe la atávica costumbre de quemar monte, o el pastoreo mal empleado.

En esta migración del campo a las ciudades también nuestra burocracia ha tenido mucho que ver, modelos de leyes intrínsecas elaboradas en papel de baño, como la Reforma Agraria y sus más de 80 sub-instituciones o sub-agencias derivadas, incluyendo la misma Sagarpa, los programas mal empleados hacia los campesinos en donde sólo llegan 18 centavos de cada peso, los otros 82 centavos son para papeleos, para vehículos y otras operaciones propias de la corrupción organizada de estas instituciones inherentes al campo.

En esta tragedia del campo influyó también el galopante neo-liberalismo que como granizo o helada negra le cayó a la gente del campo y son tres o más opciones los que nuestro sistema ofrece a los desarraigados:

1).- Rentar su fuerza en las esclavizantes maquilas, con horario y sueldos de miedo.
2).- Huir despavoridos hacia los USA aún a costa de su vida y soltar toda su fuerza laboral para engrandecer a un país ajeno.
3).-Engordar las grandes fajas de miseria de las urbes y, como último reducto del orgullo campesino, desarraigado en su propio suelo, llega  para emplearse en lo que sea, cambiar los surcos de su parcela por los camellones, los semáforos, los altos, de limpiavidrios, tragafuegos y hasta cantar en camiones o centros comerciales aquella canción de José Alfredo Jimenez -Las distancias alejan las ciudades/las ciudades destruyen las costumbres. Una desolación que atormenta y el vacío moral es el que alimenta el alma de millones de campesinos extraviados en un círculo vicioso de que la soledad es fea y puede ser infernal si la acompaña la desolación.

kinotre@hotmail.com 

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