Amargos y el arroyo

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Rufino Rodríguez Garza.
ed. 356, octubre 2018

Los pronósticos eran de lluvia, cuando nos pusimos de acuerdo para salir, no había siquiera nubes en el horizonte (15 y 16 de septiembre del 2018). El grito nos tocó por el rumbo de la presa de Santa María de las Hediondas, también fue la pelea del Canelo y aún hoy domingo no sabemos quién ganó.

Llegamos pasadas las 3 de la tarde, le echamos un ojo a la presa que pensábamos estaría al tope pero… ¡oh sorpresa! tenía poca agua; se alcanzaban a ver a lo lejos algunos patos.

Con la idea de revisar unas lomas bajas en la busca de vestigios rupestres, nos adentramos hacia el poniente de la presa hacia la sierra del Soldado.

El calor era muy fuerte pero ya las nubes estaban por todas partes. En un lomerío bajo se observan unas pinturas muy erosionadas, los grabados son inexistentes pues la roca es muy frágil; en un punto en una enorme piedra al pie de la loma descansé un rato para que pasará lo fuerte del sol. Dormí una media hora aproximadamente y a las cinco y media seguí explorando.

Llegué a la camioneta y me serví un refresco con harto hielo. Después me encaminé a la cerca de piedra y postes observando muchos pedazos de madera fósil y unas chimeneas y algo, poco de pedacería de tallas.

Al filo de las 7 empezamos a buscar sitio para el campamento. Ya localizado recogimos leña, Ventura encendió fuego y calentó unos sabrosos guisados qué Elena su esposa le puso de lonche. Después de montar la tienda y Ventura el catre, puso la cámara en su tripié para tomar fotos de los rayos y relámpagos que ya amenazaban con un diluvio.

Diluvio que empezó por ahí de las 10:30, me apresuré a cubrir la tienda-catre con una lona y que a la postre evitó que me mojara.

La pertinaz lluvia duró más de dos horas y acabó por meterse en una parte de la tienda. Me levanté a las 6 de la mañana y batallé más de una hora en encender un modesto fuego que nos sirvió para cuando menos preparar café y comer galletas; se pusieron a secar sillas, bolsas de dormir y tienda.

Ventura fue no muy lejos a observar un arroyo que a la postre ya no nos dejó salir hacia la hacienda de Amargos. Cargando las mochilas con agua y cámaras, procedimos a recorrer los alrededores muy mojados y con grandes charcos.

Buscando grabados localicé dos morteros y un tablero de grabados incisos y otros motivos rupestres, una cerca de rocas y alambres en las inmediaciones de la Sierra del Soldado. También en el sitio se observa una gran cantidad de madera fósil que se extiende por toda la falda oriente de esta serranía.

Caminé aproximadamente dos kilómetros faldeando el cerro y sólo se encuentran unos motivos grabados: pies, círculos y proyectiles; después… nada.

Como a las 12 pm regresamos al campamento para preparar el regreso, pero o sorpresa sin llover desde las 2 de la mañana el agua en vez de retirarse seguía subiendo; no nos explicábamos él por qué.

Una semana después supimos que llovió para el rumbo de General Cepeda y en un ejido de esos rumbos una represa se reventó, lo que ocasionó que 12 horas después de la lluvia aún seguía bajando agua procedente del lado poniente de donde asentamos nuestro campamento.
Cargamos la camioneta y buscamos otra salida; el arroyo tardaría fácilmente de 3 a 4 días en estar transitable. Recorrimos un barroso camino por la falda del Cerro del Soldado hasta que se nos acabó la Vereda.

Nos dieron la una y media lonchamos y no nos quedó más remedio que llamar a casa para que pasarán por nosotros para auxiliarnos.
Cargamos las cámaras, agua y nos encaminamos hacia el sur en busca de la carretera que une a Paredón, esta carretera es paralela a las vías del tren. En menos de una hora llegamos al camino donde gracias al teléfono celular fuimos ubicados.

En el trayecto de la camioneta hacia la carretera ya muy cerca de ésta, me senté a tomar un respiro y agua; como sabíamos que estaban por llegar el auxilio nos dirigimos a esperar la llegada de mi hijo Iván y así pues en cosa de minutos nos estábamos subiendo a su automóvil.

Ya en el carro y encaminados hacia la carretera 57 me percaté que en el descanso se me había olvidado colgarme la cámara, esto pasó a la tarde del domingo, todo el lunes y ya el martes Ventura y el que esto escribe con mi vieja camioneta salimos para aquellos rumbos con dos objetivos: buscar la cámara y traernos la camioneta de Ventura.

El martes llegamos al sitio donde creía haber dejado a la cámara y ni yo ni Ventura la encontramos; Ventura se siguió hasta la camioneta y se encaminó hacia el campamento de fin de semana y llegar al arroyo que no nos dejó salir.

Mientras tanto yo en la Blazer me dirigí al ejido y luego al sitio en cuestión. Ventura trató de cruzar y se quedó atascado; cuando llegué di vuelta en un espacio muy corto con el riesgo de varias caídas laterales, con las cuerdas especiales que siempre cargamos, en el primer intento salió bufando la Jeep del atolladero.

Buscar vestigios del pasado tiene riesgos pero nosotros los tomamos como una aventura. De regreso llegamos de nuevo al sitio y con tan buena suerte que rápidamente se localizó la cámara olvidada y procedimos a regresar a Saltillo.

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