Tiempos violentos

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Luis Eduardo Enciso Canales.
ed. 358, enero 2018

¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿Es posible hablar de solidaridad y de que estamos todos juntos en una economía basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad? ¿Cuál es el destino de la vida humana?

La tolerancia es el fundamento de poder convivir en paz, y entendiendo que en el mundo somos diferentes. El combate a la economía sucia, al narcotráfico, a la estafa, el fraude y la corrupción, plagas contemporáneas, prohijadas por ese antivalor, ese que sostiene que somos felices si nos enriquecemos sea como sea. Hemos sacrificado los viejos dioses inmateriales. Les ocupamos el templo con el dios mercado, que nos organiza la economía, la política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas y tarjetas, la apariencia de felicidad.
José Mujica.

Para estas fechas se reproduce y se generaliza la necesidad de enviar mensajes de buena voluntad, de armonía, de paz, de amor y de felicidad, pero pasada la época decembrina debemos intentar el ejercicio de llevar hacia adentro de nosotros mismos un verdadero acto de contrición que no esté contaminado con la creencia, o autoengaño, de que somos buenos por el simple hecho de aparentar que lo somos, la realidad es que el ser humano es más proclive a la violencia que a la paz, y más aún en estos tiempos dominados por un tremendo frenesí por competir, vivimos en un mundo moderno salvaje diseñado para la competencia y además individualizado que ha ido generando una cultura de la adoración al poder, o lo que nos han hecho creer que es el poder, este chip instalado en nuestros cerebros hace que nos auto infrinjamos la tarea de ser exitosos y felices a como dé lugar para poder sobrevivir en una jungla plagada de depredadores, es así que hemos ido entrando en una especie de psicosis moral colectiva donde percibimos a nuestros semejantes como una amenaza para alcanzar nuestros objetivos.  

La lucha por la supervivencia, desde tiempos ancestrales, siempre ha sido el origen de la violencia y de los grandes conflictos de la humanidad, por ello, aunque hay rasgos que podemos heredar genéticamente, y eso puede influir en nuestro carácter, los comportamientos violentos son, desde luego, una evolución condicionada por el entorno social, sistémico, político y cultural, donde nos encontramos. El poder o la ley del más fuerte es lo que tradicionalmente continúa controlando quien ejerce la violencia, y quien la padece ya que ésta es vertical, es decir se aplica de arriba hacia abajo, todos sabemos en ese sentido como funciona porque la padecemos, la podemos percibir fácilmente e incluso nosotros mismos la hemos ejercido, en la familiar, la escuela, laboralmente, con algún amigo o compañero, en lo social, en las organizaciones comunitarias, en lo político, lo económico, psicológico, educativo, cultural y hasta en lo virtual a través de la redes sociales, estamos tan acostumbrados a ella que se ha vuelto imperceptible porque es sistemática, nos estamos familiarizando más a vivir en un mundo violento que a vivir en paz.

Un duro despertar a esta realidad está comenzando a sentir el nuevo gobierno federal que encabeza Andrés Manuel López Obrador con todo y su idea de la república amorosa, quizás antes debió cuestionarse como se lo planteó José Mujica hace ya algunos años en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible ‘Rio+20’, en Río de Janeiro Brasil, cuando preguntó a los representantes de los países asistentes a esa importante reunión ¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿Es posible hablar de solidaridad y de que estamos todos juntos en una economía que está basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad? Por eso hoy suena contradictorio la propuesta de construir lo que será la “constitución moral”, que es definida por el gobierno lopezobradorista, como “una guía de valores que se convertirá en un pacto colectivo para comenzar una nueva etapa, adoptar nuevas prácticas, rescatar valores entrañables de nuestro pueblo y estimular mejores patrones de conducta”. Sin duda una idea romántica y hasta cándida de la naturaleza humana, y un prejuzgamiento anticipado, algo tierno por cierto, de las conductas nacionales.

El problema es que el nuevo gobierno de inmediato da señales de reproducir las mismas prácticas institucionales violentas del pasado reciente, mismas que fueron ampliamente reprobadas por el hoy presidente de México cuando era opositor, ahora éste inicia una ola de despidos masivos de empleados federales ejerciendo verticalmente un terrorismo laboral, vemos en las primeras acciones un uso discrecional del poder, revanchismo político, violencia económica al castigar presupuestalmente a los estados que no son afines a MORENA, un presupuesto amplio para la milicia en una clara tendencia de fortalecimiento de las fuerzas castrenses, en contraparte le quita recursos a la educación, la investigación y la cultura, y entonces uno se pregunta ¿realmente existe una verdadera voluntad moral de amor y respeto? Un gobierno puede cambiar la educación pero no puede cambiar toda una cultura. El cambio cultural es una empresa de toda una sociedad. Y el primer paso es permitirse la duda, y hoy la duda está en reconocernos o no como una sociedad violenta, incluido claro está, los integrantes del nuevo gobierno, para poder entonces dar inicio a una verdadera transformación.

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