Chupadero

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Rufino Rodríguez Garza.

En memoria del amigo Toño Liñán (+) Licenciado,
Enfermero, eterno bohemio, cinéfilo y librero en ciernes.

Un lugar único gracias a la bendita agua. Un manantial en el desierto, es toda una joya. Este es un venero permanente, el flujo es constante todo el año. Sus niveles de agua han bajado y en su mejor época el agua llegó a entubarse corriendo del mismo ojo de agua hasta el ejido Pelillal.

En los alrededores del manantial quedan vestigios de antiguas construcciones donde la gente vivió. También se muestra su destrucción después de haber sido abandonados. 

Años después quisieron de nuevo darle uso y como testigo solo quedó una cabaña, ahora en ruinas.

Se pueden apreciar cercas caídas y una pila hecha con piedras y cemento. Al Ing. Ventura y a mí nos trae el recuerdo que hace más de 20 años se construyó un huerto de verduras, ahora todo abandonado.

Todavía hace unos pocos años se acarreaba en bidones a lomo de burro el agua hasta el ejido. Actualmente el líquido es aprovechado por el ganado que deambula por allí, en busca de los ralos zacates que crecen en las secas tierras. 

Para llegar a este sitio arqueológico se tiene que llegar por el sitio del Cañón de la Falsa. De allí continuar como unos tres kilómetros hasta una loma con algunos grabados, pasar un arroyo y se divisa la “cabaña”.

Seguramente vieron mejores épocas bardas muy antiguas, quizá del Siglo XIX y las más recientes hechas de madera.Desde diferentes rumbos se puede llegar al manantial, lo mejor es seguir las huellas del ganado vacuno.

Otros animales que también se llegan al aguaje son burros y caballos y muy de vez en cuando los vaqueros que les dan vueltas al ganado.

La Flora de esta cañada está bastante verde pues la humedad la mantienen con fuerza y los chaparros prietos, las mismas gobernadoras y algo de tule, huizachales, nopales y otras plantas propias del semidesierto, aquí se respira frescura.

Este fue indudablemente un lugar de campamentos temporales de los cazadores-recolectores. En los alrededores se observan muchos fogones, hogueras o sitios donde los hombres encendían sus fogatas para múltiples usos como sería preparar alimentos, calentarse en las noches invernales, para realizar señales y para ahuyentar animales.

En el lecho de la cañada, muy cerca de donde brota el agua se encuentran tres morteros que fueron utilizados para moler y hacer harina de mezquite y de tunas deshidratadas para la preparación de panes y del mezquitamal.

Otro importante vestigio de éste importante sitio son los petrograbados, donde quedaron plasmados en las piedras el mensaje de la magia parasimpática para capturar a los animales en la cacería; para darnos una idea de la fauna principal aquí quedaron grabados varios venados, la mayoría Cola Blanca, pero no está por demás mencionar que también se dejó grabado al venado bura, animales escurridizos pero la inteligencia del hombre nómada era paciente para tenderle trampas o acercarse lo suficiente para lanzarle las azagayas o las poderosas flechas que daban en el blanco.

Agregando también que el animal cazado era aprovechado casi al 100 por ciento en todas sus partes, pues desde la carne, los huesos, las astas, los tendones y su apreciada piel.

Las representaciones de astas son abundantes, sobre todo en la parte oriente de este arroyo.

Otras cañadas paralelas a este aguaje también son ricas en manifestaciones rupestres y más de una tiene también pinturas.

Se puede observar que hay palimpsestos, es decir, grabados de diferentes épocas pues así lo indica la pátina de las piedras grabadas. 

Entre las armas registradas en este lugar son de destacar los proyectiles y las navajas enmangadas. También se aprecian cuentas a base de punto, quizá de uso calendárico, además figuras o dibujos que aún no sabemos interpretar.

Lo raro de este micrositio es que hay astas de cérvidos, pero nos hemos encontrado aún las huellas de estos animales.