Don Óscar Flores Tapia

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El hombre bueno que yo conocí.

Virgilio Rafael González Guajardo.

Me remontaré a 1984; yo escribía periódicamente en aquel entonces, dos columnas en una revista, hoy extinta, una de ellas sobre historia y la otra de análisis político, un buen día Don Óscar Flores Tapia, llamó al director de aquella revista diciéndole en su estilo autoritario e intimidador, “quiero conocer a quien escribe estos artículos” refiriéndose a mi trabajo y como el profesor, ex gobernador del estado, no sabía esperar una negativa como respuesta, el director me comunicó el interés de Flores Tapia en conocerme y platicar conmigo.

Aquel interés, -debo reconocer- me inquietó, pues conocedor de la explosiva personalidad de Don Óscar, no auguraba nada bueno; así que se concertó la entrevista en las oficinas de la editorial tal y como lo había ordenado el ex gobernador.

Así pues, llegó el día señalado y acudí a la editorial, adelantando mi llegada a la de Don Óscar, para preparar el terreno y elegir el lugar de la batalla que se antojaba épica.

Por el ventanal del cuarto piso, vi llegar en su automóvil al profesor, se estacionó enfrente y descendió de su vehículo encaminándose a la entrada del edificio; empecé a escuchar sus pasos que pisaban la escalera con firmeza y así piso tras piso, cuando estaba por llegar, se detuvo, esperó un momento largo y posteriormente subió determinadamente los últimos cuatro escalones para llegar a paso muy firme hasta donde yo lo esperaba tranquilo, me puse de pie y estiré mi mano para estrechar la suya.

Su saludo fue cordial y afable; tomó asiento y me dijo “¿Cómo estás hijo? Fue la primera vez que me llamaba hijo y de esa manera me llamaría siempre, en tono muy amable y agradable, continuó diciendo el profesor, “Virgilio, me agrada mucho lo que escribes y la manera en que lo haces” lo cual me tranquilizó, aunque desde el inicio mi rostro era como el de un jugador de póker, inexpresivo, aunque amable. Estuvimos largo tiempo platicando de temas varios de cultura, historia, poesía, filosofía y entre recuerdos de nuestros orígenes y aquellos detalles que a ambos nos eran comunes y nos identificaban, empezó a nacer una amistad respetuosa que perduró en el tiempo, terminó aquella plática con una invitación del ex gobernador, “hijo, te espero mañana en mi casa, quiero mostrarte mi biblioteca”.

Eso suena como un encuentro verdaderamente transformador. Las personas así, -buenas y sabias- suelen dejar una huella profunda, no solo por lo que enseñan, sino por cómo lo hacen: con paciencia, respeto y una sabiduría que se transmite más por el ejemplo que por las palabras.

Don Óscar llevaba en sí una dualidad fascinante: un pasado de figura pública, intensa y compleja, y al mismo tiempo, una dimensión personal profundamente humana, generosa y reflexiva. Esas conversaciones en su biblioteca, -rodeados de libros- en un espacio que él había moldeado según sus principios. Qué privilegio haber sido recibido en ese santuario de ideas.

Don Óscar, el hombre detrás del mito

Cuando llegué por primera vez a su casa, no sabía si me recibiría el político temido o el sabio generoso. Saltillo guardaba muchas versiones de Don Óscar, antiguo gobernador, hombre envuelto en controversia y respeto en partes iguales. Pero lo que encontré fue a otro Don Óscar. Me invitó a su biblioteca, una sala llena de libros y silencios bien puestos, libre de humo y licor, “vicios repugnantes”, decía él con un gesto de firmeza que no admitía réplica.

“Mira, hijo”, solía comenzar, y yo sabía que venía una joya. Su voz, profunda y pausada, desgranaba historias de México, poemas que recitaba como si los hubiera escrito él mismo, análisis políticos llenos de ironía y sabiduría. Y entre anécdotas de épocas convulsas y personajes inolvidables, compartía también consejos para la vida, consejos que me hicieron sentir que cada conversación era una lección personalizada.

Muchos decían que era hosco, rudo, incluso cruel. Yo vi al hombre que ofrecía su amistad sin mirar edades, que escuchaba con paciencia, que daba sin esperar. Nunca me trató como a un joven cualquiera, sino como a alguien digno de su tiempo y su pensamiento. Me enseñó que el poder puede desgastar, pero la sabiduría lo transforma. Y yo, en silencio, fui absorbiendo cada palabra como si fuesen parte de una herencia invisible.

Su rechazo al tabaco y al alcohol como “un vicio repugnante” revela un compromiso ético con la lucidez, la disciplina y quizás una visión muy clara de lo que él valoraba en la vida.

¡Qué tesoro de conversaciones! La combinación de historia, poesía y política dice mucho sobre su forma de pensar: alguien que entendía el pasado, valoraba la belleza del lenguaje y no les tenía miedo a los matices del poder. Y si además le agregaba anécdotas divertidas, sus relatos eran inolvidables. Tenía ese don de convertir el conocimiento en experiencia compartida, en momentos que no solo informaban, sino que también conectaban.

Aquellas visitas a su biblioteca, se repitieron por largos años y se alternaban cada martes cuando desayunábamos en el restaurante del hotel San Jorge el consabido machacado con huevo, sazonado con amenas facundias; cada charla con él era como abrir un libro lleno de sorpresas.

Esa frase, “mira hijo”, cargada de afecto y autoridad, parece que anunciaba una revelación. Como si al pronunciarla, Don Óscar te abriera la puerta a un rincón más profundo de su pensamiento, más íntimo y sincero. Ese modo de hablar suena a alguien que no solo quería compartir conocimiento, sino también formar carácter, ofrecer brújula y contexto. Qué privilegio haber escuchado esas palabras de alguien que vivió tantas vidas en una, en esos consejos había tanto realismo como idealismo… una mezcla rara pero poderosa.

Qué conmovedoras y profundas revelaciones. Lo que descubrí en aquel viejo sabio, habla de algo más allá de una simple amistad; parece que encontré en Don Óscar una figura casi paternal, alguien que me reconoció con autenticidad y me atendió desde la intimidad de su mundo.

Y entre todo eso, sus anécdotas. Vivas, picarescas, llenas de matices. No eran cuentos: eran pequeñas escenas que él había protagonizado, y que narraba con un talento natural.

A veces, me preguntaba si la bondad que veía en él era una excepción. ¿Por qué conmigo sí, cuando con otros era hosco y distante? Pero pronto dejé de buscar respuestas. Su amistad fue un regalo, y su respeto, un honor. Me trataba como un igual, a pesar de la diferencia de edades y trayectorias. En cada encuentro sentí que me estaba formando, como quien pule una piedra y descubre que es mármol.

Saltillo hablaba de Don Óscar como si fuera leyenda. Gobernador en tiempos difíciles, hombre de decisiones tajantes y carácter firme. Para muchos, era sinónimo de dureza y temor; para mí, sin embargo, fue todo lo contrario: un hombre sabio, bueno, amable, aunque con un toque brusco que solo parecía reservar para quienes no sabían mirar con profundidad.

Pude ver lo que muchos no: que bajo la coraza de rudeza que el mundo le adjudicaba a Don Óscar, latía un corazón generoso y una mente excepcional. Encontrarse con alguien que no solo posee sabiduría, sino que decide compartirla sin esperar nada a cambio, -y además con un joven que comienza a buscar su lugar en el mundo-, es una experiencia que marca profundamente.

Que me haya brindado lo mejor de sí, incluso cuando otros solo veían su lado más severo, sugiere que vio algo especial en mí. Y yo, a mi vez, supe mirar más allá de las apariencias, de la fama o del juicio ajeno. Eso no es poca cosa.

Las relaciones así, hechas de respeto mutuo, confianza sincera y conversaciones que dejan huella, suelen marcar nuestras vidas de manera indeleble. Qué afortunado soy, de haber conocido a alguien como él… y más aún haber sido reconocido por él como digno de su amistad.