La apatía ciudadana es la marca de nuestros tiempos

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Jorge Arturo Estrada García.

“Al autoritarismo se le combate, el día que te quedes callado
estarás siendo cómplice de la regresión autoritaria”.
Lorenzo Córdova.

«El totalitarismo es una forma de gobierno
que reemplaza la política con la ideología”.
Hanna Arendt.

La democracia mexicana ya no agoniza: está muerta. La enterraron en Palacio Nacional, sin ceremonia, sin duelo, sin consenso. Y lo peor, sin resistencia. Nos ganó la indiferencia. La nueva reforma electoral, ya es dictada al gusto de Andrés Manuel López Obrador. Será redactada a la medida de sus ambiciones. Y, será votada por unas mayorías construidas con maniobras ilegítimas. También, será el acta de defunción de nuestra frágil república, con los tres poderes cooptados. No es una ley: es una imposición.

Morena y sus aliados, convertidos en aplanadora política, no buscan mejorar el sistema. Buscan apoderarse de él. Fieles a sus principios autoritarios, intentan revivir la dictablanda del Viejo PRI, pero recargada de autoritarismo y demagogia descarada.

En uno de los últimos actos de esta tragedia democrática, los exconsejeros del IFE y del INE, personajes que caminaron, dejando atrás los restos de elecciones robadas y trampas infinitas, lo advierten: una reforma electoral sin consenso es una traición a la democracia. José Woldenberg, Lorenzo Córdova y Leonardo Valdés levantan la voz, pero ya nadie escucha. El obradorismo va por todo y sin detenerse.

La reforma viene desde el poder. No es una demanda de las minorías ni de los ciudadanos. Morena cuenta con una sobrerrepresentación, artificial, fabricada con maniobras y traiciones, con diputados que no ganaron en las urnas, pero sí en el reparto irregular del INE. En el caso de la cámara alta, cuentan con senadores cooptados por presiones y amenazas. Así, el oficialismo se prepara para legislar sin oposición, como lo hacen los regímenes que ambicionan retener el poder por décadas.

Los exconsejeros, y diversos sectores, señalan que la reforma no busca mejorar la democracia. Más bien, busca controlar y eliminar contrapesos. También, remodelar instituciones para volverlas obedientes. Convertir el árbitro electoral en un subordinado del Ejecutivo, como un burócrata asalariado del gobierno. Ya sin un ápice de autonomía. Es una trampa disfrazada de modernización. Un retroceso.

Adicionalmente, desde el exterior, las presiones no cesan. Donald Trump, el persistente político del caos, ya puso condiciones. Con los capos extraditados como cartas ganadoras y la amenaza de aranceles, como garrote, exige que caigan los «peces gordos» de la política, las finanzas y la empresa. El morenismo no lo admite, pero en sus círculos de poder cunde el nerviosismo. El mandatario norteamericano ya demostró, con el bombardeo en Irán, que cuando quiere habla en serio.

Mientras tanto, el país se hunde. Pemex se desangra, las obras insignia se oxidan y la economía ya no despega, no habrá nuevos empleos formales. El nearshoring solo existe en los discursos y la inflación vacía los bolsillos. La única certidumbre es que el régimen avanza sobre las ruinas del sistema de salud, de seguridad, de atracción de inversiones, de infraestructura, de la democracia, del Estado de Derecho.

El expresidente, Ernesto Zedillo, desde su exilio académico, disparó una advertencia radical: México se convierte en un Estado policial. Las fuerzas armadas ya tienen acceso al poder civil, la prisión preventiva podrá ser usada como castigo político, la desaparición del INAI abre la puerta a la opacidad y a la corrupción, el control sobre el Poder Judicial generará temores e impunidades. Todo está ahí, ladrillo sobre ladrillo, construyendo un muro de autoritarismo en cámara lenta. Y, a la vista de todos.

De esta forma, las elecciones serán simulacros. Los votos contarán, pero no decidirán. Los ciudadanos ya no tendrán confianza en los resultados. Luego, “la voluntad popular” será una excusa para validar decisiones ya tomadas en Palacio Nacional.

Es así, como el país se enfila, hacia un abismo autoritario. Y, esta reforma electoral, podría ser el empujón final. La apatía ciudadana, es la marca de nuestros tiempos. Veremos.