Sheinbaum en tierra de lamentos: la visita entre víveres y protestas en Hidalgo y Querétaro

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Este lunes, Claudia Sheinbaum desembarcó en Hidalgo y Querétaro con una agenda cargada de simbolismo político: entregar víveres, supervisar caminos, arrancar censos y responder a protestas airadas de damnificados que reclaman auxilio. La presidenta aparece ahora al frente de una emergencia generada por lluvias torrenciales que ya han dejado decenas de muertos, comunidades incomunicadas y daños generalizados en vivienda, infraestructura y vida social. Pero su paso no es sólo humanitario: se inserta en un terreno de disputa narrativa, legitimidad política y exigencias ciudadanas.

El escenario que atraviesa México —y en el que Sheinbaum ha buscado posicionarse— es el de una catástrofe natural con fuertes tintes de crisis institucional. Los estados de Hidalgo y Querétaro figuran entre los más afectados por los fenómenos atmosféricos relacionados con el remanente de tormentas y lluvias intensas que desde principios de octubre han golpeado la región central del país. En ese contexto, el traslado de víveres se convierte en acto público con múltiples lecturas: gesto de solidaridad, instrumento de campaña, exhibición de poder federal, o una combinación de todo ello.

En Hidalgo, estudiantes, familias rurales y habitantes de zonas serranas han protagonizado protestas frente al Palacio de Gobierno en Pachuca, reclamando lentitud en la llegada de apoyo a comunidades aisladas. En Querétaro, Sheinbaum caminó entre poblados como Pinal de Amoles y Puente de Dios mientras supervisaba trabajos de apertura de caminos y anunciaba la instalación de censos para determinar cuánta ayuda corresponde según el grado de daño. La presidenta declaró que hay “recursos suficientes” para afrontar la contingencia, y enfatizó que la entrega de apoyos no será utilizada con fines electorales, una afirmación dirigida a neutralizar críticas de clientelismo o de instrumentalización del desastre.

Pero el acto tiene grados de fragilidad política. Los cuestionamientos provienen de distintos frentes: los damnificados que denuncian abandono previo a la emergencia, los opositores que acusan electoralismo y los analistas que subrayan la responsabilidad gubernamental ante un país marcado por rezagos en prevención e infraestructura. El costo político de llegar tarde o de responder mal puede ser alto. En medio del lodo y el agua, cada palabra de Sheinbaum es analizada, cada caja que entrega se convierte en ícono, cada protesta reprimida o permitida lleva mensaje.

Desde una mirada analítica, la visita busca reposicionar a Sheinbaum como figura ejecutiva activa, alejada de la idea de un Jefe de Estado distante y de escritorio. Asume el protagonismo físico y visible que ha marcado una diferencia con los gobiernos pasados frente a crisis naturales. Pero al mismo tiempo, corre el riesgo de caer en la trampa del voluntarismo, en la gestión reactiva en lugar de estructural.

El sufrimiento de cientos, el clamor por respuestas y la fragilidad institucional se entrelazan en esta gira presidencial. Lo que está en juego no es solo la credibilidad inmediata en zonas golpeadas, sino el capital político que la mandataria construye ante una sociedad que exige resultados —y memoria— en cada visita oficial. Quien reparte víveres hoy, mañana también será juzgado por lo que pudo prevenir, lo que reconstruya y lo que atienda más allá del posado.