Las esperanzas (II)

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Rufino Rodríguez Garza.


Una vuelta más a la presa Las Esperanzas ahora en compañía del buen amigo Sergio Gómez que tiene una licenciatura de la Universidad de Coahuila, pero que lo distingue el gusto por el pasado de nuestro estado.

De alguna manera nos conocimos gracias al gusto compartido por el desierto, el gusto por la lítica, las acampadas y la salida constante para conocer o tratar de comprender el medio en el que sobrevivieron nuestros antepasados indígenas.

Llegó el tan esperado fin de semana y según lo acordado previamente partimos de mi casa, partiendo oscura la mañana hacía el norte del estado.

En esta ocasión nos acompañaban Ernesto López hijo de Sergio y sin poder faltar José Sainz, un viejo amigo de la familia López.

La salida era a la presa donde nos dirigimos tomando para su rumbo.

El camino es difícil pero aun así es recorrido por algunos vehículos que tienen destino a otros ejidos, así como gente del rancho que le dan vueltas al ganado, pero no como en los viejos tiempos montados en sus caballos sino ahora en modernas jacas de acero, modernos “rocinantes” consumidores de aceite y gasolina.

Ya en el lugar, el cual es muy conocido por mis múltiples visitas ya tenía en mente revisar una serie de grabados, pues en una visita anterior sólo pude revisar una parte de los mismos.

A las 7:30 perfectamente instalados en el sitio empezamos a realizar observaciones en el bordo y una pequeña elevación.

Podemos aseverar que este sitio fue un lugar de estancia prolongadas gracias al agua que no faltaba mucho por aquí, ya que la misma se estancaba en oquedales del lugar.

La lítica que pudimos observar en este valle nos da la idea de la cacería, las rocas grabadas nos indican la presencia de los venados sobre todo los cola blanca.

En los grabados, los nativos dejaron tanto astas como huellas de estos animales.
También podemos observar la presencia de un grabado que se identifica con los escurridizos borregos cimarrones.

Desde aquí caminamos hacia el norte pudiendo acceder a un enorme valle que se conoce como “Chupaderos”, el nombre se debe a un ojo de agua permanente pues de este aguaje en tiempos inmemoriales se llegó a surtir a la comunidad ejidal de El Pelillal.

En el inter de la presa Esperanzas hay otros sitios con manifestaciones de arte rupestre, el más próximo a esta presa es El Aparejo, lugar que fue de ritos de cacería donde hay más de 40 astas en su mayoría de venados cola blanca y algunos de venados bura.

Ernesto López y Pepe Sainz tomaron rumbo hacia el norte, donde encontraron vestigios de antiguos talleres de lítica donde se trabajó el pedernal con el que se elaboraron flechas y lanzas, cuentas y raspadores.

Aprovechando unas enormes rocas y con vista hacia el espejo de la extendida presa procedimos a tomar un descanso y tomar un nutritivo almuerzo a base de tacos de harina rellenos de frijoles y huevo, esto gracias a Sergio López que los preparó desde un día antes de la salida.

El calor arreció y procedimos a seguir con la exploración, Sergio subió a otra elevación pero no encontró nada de manifestaciones rupestres, pero aprovechó la altura para tomar unas fotos panorámicas de la presa y sus alrededores; por mi parte seguí hacia el noreste muy cerca de la presa.

En otra modesta loma se localizaron algunos grabados de fechas tempranas, pues está grabado el temible Atlat’l además de otros grabados que podemos encasillar en los abstractos.

En la parte plana hace años se levantaron bordos y se sembró nopal forrajero, se observan chimeneas y además tuve la suerte de encontrar un viejo camino que lleva a El Aparejo, sitio de una próxima visita.

Los buenos amigos tienen una promesa que es la de recuperar la historia y parte de esa historia es la lítica, pero también las pinturas y grabados.