Ceres

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Rufino Rodríguez Garza.

Ceres, un buen campamento, entre los alimentos hubo tacos, chistorra, salchichas y carne (costillas y rib eyes), por la mañana café, pan de pulque y por supuesto tamales.

La tarde del sábado partimos de la estación abandonada Ceres, fuimos rumbo a los Milagros, en el ejido no supieron dar el norte para llegar a donde íbamos. De hecho, no salió nadie porque en visitas anteriores de hace varios años se podía llegar al Junco desde el principio en el lado oriente, pero ahora hay muchas cercas y tuvimos que regresar al camino, dimos rumbo a Talía y rodando junto al riel llegamos a la estación en ruinas, con dificultad pudimos cruzar las vías del ferrocarril y lonchamos tacos y refrescos.

Cómo a las cuatro partimos, las dos hijas de Sergio y yo nos acercábamos y fuimos al lado poniente donde había un enorme corral de piedra y un pequeño montículo en donde se observaban algunos grabados. En la cerca de piedra fueron utilizadas varias rocas, algunas de las cuales tienen grabados de indios. Del corral un poco al oriente se observan las columnas de piedra de lo que fuera parte de este rancho. Según el mapa que me hizo llegar el Ing. Alfonso Contreras, solo una parte de esta elevación se llama “El Junco” el resto del lado poniente se llama “El Milagro”. En los apuntes sólo se mencionaba El Milagro.

En el recorrido de la parte más al poniente se observan muchos grabados de los que se quedarían enmarcados con el nombre de abstractos, pero para nosotros son de un geométrismo exagerado: Círculos, círculos concéntricos, líneas quebradas, triángulos y otras más curvilíneas. A este sitio había venido hace más de 20 años.  Tenía idea de lo que había y no creo que me quede corto, pues hay más petros escondidos en las rocas junto al gran corral de piedra.

En el invierno los días son más cortos y como faltaba poco para anochecer procedimos a regresar a montar el campamento. Sergio López llevó a toda su agradable familia, dos hombres y dos hermosas damas que también les gusta salir al desierto y buscar vestigios de los cazadores recolectores. También la señora Chacón esposa del buen amigo Sergio, y no menos importante en la compañía del amigo licenciado Pepe Sainz. Total ocho personas en cuatro tiendas de campaña reunidos para cenar en torno a una gran fogata. Sólo por presumir, el alimento consistió en hacer unos grandes trozos de carne, costillas, dos trozos grandes de chistorra, acompañándonos la cena con agua y con refresco de sabor.

A lo lejos, al sur del campamento, se veían las luces de la comunidad llamada San Rafael de los Milagros, lugar rico en pintura y múltiples grabados. Este sitio será motivo de un viaje especial que seguramente será de campamento, para poder documentar tantos motivos del arte rupestre. También en la noche vimos y oímos pasar el tren carguero con sus enormes filas de carros, llenos de mercancía en enormes contenedores, contamos cuatro máquinas de arrastre. Pasamos una noche agradable sin frío, al amanecer encendí una fogata para calentarnos, poner agua para preparar café, abrir la bolsa con pan de pulque y desayunar más barritas energéticas (tamales), como no hubo sereno procedimos a doblar la tienda para seguir explorando.

Mientras nosotros regresamos al cerro El Milagro, otra parte del grupo encabezados por Ernesto que fueron hacia el lado norte de la vía para poder tratar de encontrar lítica.

Nosotros, Sergio, Pepe, Daniel y las jóvenes damas Andrea y su hermana, subimos a la elevación de la tierra y miramos el desolado paisaje, buscamos y localizamos grabados y encontramos uno en especial compuesto por cuadrícula y once líneas quebradas paralelas, todo un alarde de geometría ancestral. La parte superior de la roca, una cuadrícula compuesta por 14 líneas horizontales y 12 líneas verticales, todo en una superficie de medio metro cuadrado, este grabado lo habíamos localizado el compañero Ventura y yo hace 20 años nada más, y como dice aquel tango: “20 años no es nada”.