Amaranta Madrigal.
¿En qué pliegue de la tierra
se torció el pulso del metal?
La mina respiraba
como bestia antigua,
con costillas de plata
y un corazón martillado.
Bajan hombres
con nombres temblando,
con la ley hecha sombra
y el miedo como casco.
La roca oyó órdenes
que no venían del Estado,
oyó cifras,
oyó juramentos sin lengua
y el trueque de la vida
por un turno más de oscuridad.
Silver, gold -dicen-
como si el idioma extranjero
pudiera lavar la sangre
del palimpsesto subterráneo
donde todo se borra
y nada se enfrenta.
La noche fue ictérica en codicia
y la veta entregada, abierta
confesó lo que siempre supo:
cuando el poder abdica,
alguien ocupa el hueco.
¿Qué hace una nación
cuando el subsuelo grita
y arriba se discute el eco?
Presidenta,
no mire la mina como cifra
ni como discurso.
Sea Socia Soberana con escritura justa,
con la ley que no tiembla,
con la ataraxia firme
de quien sabe
que gobernar
es sostener la vida
aunque queme.
Es controlar firme
sin dejar huecos a la podredumbre
Y recuerde esta urgencia que ahorra miedos
—la más peligrosa y luminosa—:
si el Estado no ruge por su tierra,
otros se levantan
contra todos.



























