La ignorancia es la raíz y el tronco de todo mal

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José Luis Rodríguez Flores.

Para tratar de entender los gravísimos hechos que se vienen sucediendo en gran parte del país, no solo referirnos al ataque de dos hermanos gemelos de apenas 18 años en días recientes en la escuela General número 13 ubicada en el ejido Unión de la ciudad de Torreón, Coahuila, que culminó con la muerte de la subdirectora Nery Edith Narváez González y dejó un secuela de varios heridos, el director del plantel Gerardo Villareal, un docente, y Alexis estudiante de 13 años que sufrió graves heridas (incluida una en la mano requirió una cirugía reconstructiva), ese terrible incidente, y otros muchos más como el sucedió en la Ciudad de México en plantel CCH (colegio de Ciencias y Humanidades) donde Lex Ashton con una guadaña asesinó a un estudiante, luego al tratar de huir se arrojó del segundo piso del CCH, por desgracia para la ciudadanía, la brutalidad en el país se ha vuelto un hecho cotidiano, el problema es que nos estamos acostumbrando a la normalización de la barbarie.   

El encabezado del artículo invita a cavilar que para frenar la violencia enraizada en nuestras comunidades se requiere un cambio de paradigma de reingeniería social, lo que implica que el tejido de la sociedad está dañado y no basta con «repararlo», sino que se debe rediseñar desde sus cimientos: educación, leyes, (que se apliquen y no haya impunidad) economía y valores. No se trata de armar los puños, sino de nutrir el intelecto. Acercarnos al saber y al conocimiento, creo es el único camino serio, parafraseando a Platón en su afirmación que para desenterrar las raíces del mal, el camino es el estudio, cultivar ciudadanos virtuosos, para así edificar una sociedad donde la grandeza de espíritu y la magnanimidad sustituya definitivamente al impulso de la destrucción, haciendo de la búsqueda del conocimiento el faro que disipe la barbarie y eleve la grandeza del espíritu humano.

La vida humana está llena de circunstancias o contingencias que ponen a prueba nuestra fortaleza, nuestros principios y nuestra capacidad para afrontar aquello que no hemos elegido. En ocasiones, las dificultades o problemas llegan de manera inesperada y alteran profundamente nuestros proyectos, nuestras relaciones familiares y sociales, y nuestra percepción del futuro. Es precisamente en esos momentos cuando surge una pregunta fundamental: ¿cómo podemos afrontar el sufrimiento sin perder aquello que nos hace mejores personas?

La filosofía nos ofrece dos conceptos especialmente valiosos para responder a esta pregunta: la virtud y la magnanimidad. Aunque están estrechamente relacionados, cada uno aporta una dimensión particular a la formación del carácter humano. La virtud nos orienta hacia el bien; la magnanimidad nos invita a elevar nuestro ánimo para estar a la altura de ese bien, incluso cuando alcanzarlo exige sacrificio, perseverancia y fortaleza. Ambas constituyen una guía para vivir con dignidad, asumir nuestras responsabilidades y afrontar las adversidades sin renunciar a nuestros valores fundamentales, buscando las virtudes.

Mientras todo marcha bien, puede resultar relativamente sencillo mostrarnos pacientes, generosos y optimistas. Pero cuando aparece una enfermedad, una pérdida de un ser querido, una injusticia o un conflicto familiar, nuestro carácter se enfrenta a exigencias más profundas. En esos momentos difíciles, la fortaleza nos permite afrontar el miedo y las dificultades, nos ayuda a continuar; la prudencia nos permite distinguir las opciones posibles y a tomar decisiones acertadas; la justicia nos orienta a reconocer y respetar los derechos de los demás, nos recuerda que el dolor no justifica cualquier comportamiento, darle a cada quien lo que merece; y la templanza nos enseña a regular nuestros impulsos y deseos, ayuda a no convertir una emoción intensa en una decisión irreversible.

Con los estudios, y conocimientos asimilamos que las virtudes no siempre cambian las circunstancias, ni eliminan los conflictos ni garantizan una vida sin sufrimiento, pero pueden ayudarnos a evitar que esas circunstancias determinen por completo nuestra manera de actuar. Su valor reside en proporcionarnos criterios para actuar correctamente incluso cuando las circunstancias son adversas.  

Ante una tribulación, o una pérdida, el estudio y la sabiduría que te dan la magnanimidad nos invita a preguntarnos si estamos respondiendo de acuerdo con nuestros mejores principios o simplemente reaccionando desde el miedo, el orgullo o la ira. No todas las personas salen fortalecidas de una crisis de inmediato. Algunas quedan agotadas, confundidas o necesitan mucho tiempo para recuperarse. Esto no significa que hayan fracasado. Tampoco significa que debamos soportarlo todo en silencio ni que el sufrimiento nos haga automáticamente mejores. Significa que podemos buscar los recursos, el apoyo y la claridad necesarios para responder de una manera coherente con nuestros valores.

La magnanimidad no suele aparecer de repente en el momento de la crisis. Se cultiva mediante hábitos que fortalecen el juicio, la voluntad y la serenidad, añade una perspectiva importante: nos invita a no reducir nuestra vida a la dificultad que estamos atravesando. Amigo lector ante la adversidad y el sufrimiento, ¿tú como reaccionas? ¿Con magnanimidad, apoyado en las virtudes, o caes en la ansiedad, la desesperación y la tribulación? 

Comentarios al correo… joseluisrf1@hotmail.com