Jorge Arturo Estrada García.
“El poder no es un medio, no se establece una dictadura para salvaguardar una revolución;
se hace la revolución para establecer una dictadura”.
George Orwell.
“La democracia muere en la oscuridad”.
Bob Woodward.
«Los cínicos no sirven para este oficio.»
Ryszard Kapuscinski.
La polarización social es un arma. La destrucción de las instituciones es una meta. Conservar el poder, lo es todo. Es una obsesión. Entonces, todo vale. López Obrador, obtuvo demasiado poder y pésimos resultados. El país está dañado. Está roto. Así lo quería Andrés Manuel. Ese fue su mayor logro. Actualmente, México va dando tumbos. Sin desarrollo, sin seguridad, sin progreso, sin vida democrática. Hundido en la mediocridad y el desaliento. Esa es la herencia del tabasqueño, y las cosas empeoran.

Estamos divididos. Fuimos comprados. Persistimos y generamos un pueblo lleno de pobres, gobernado por corruptos. La esperanza, fue lo primero que murió con Morena en el poder. La verdad se impuso; y, sí son los mismos y sí, son peores. Los mantras obradoristas quedaron destruidos; a la par, que él dictaba la demolición de las instituciones que permitían la vida democrática, en un país sin ciudadanos. En un México sin demócratas. En un país, de solitarios; a los que, solamente, nos une la selección nacional de fútbol, cuando colecciona memorables derrotas. Somos un país de fatalistas, ya repetidamente doblegados, rumiando desventuras.
Así, desde hace años, compiten candidatos, financiados, con millones de pesos de oscura procedencia. El dinero es el eje del movimiento obradorista. AMLO lo comprendió rápidamente y lo fue a recolectar a cada rincón del país y de la América Latina “progresista”. De ahí viene el “amor” por las dictaduras inefables. De ahí llegan millones de dólares para hacer política a la mexicana y ganar elecciones comprando votos al estilo Viejo PRI.
El huachicol fiscal, la extorsión en casinos, la barredora en Tabasco, los contratos gubernamentales millonarios que enriquecen a los morenistas, se convierten la esencia de la Cuarta Transformación. El sello de Narcoestado se le impone a México internacionalmente.
Andrés Manuel López Obrador acumuló un poder inédito en la historia reciente. Reformó leyes, doblegó contrapesos y moldeó mayorías legislativas, artificiales. Pero los resultados no acompañaron el tamaño de su autoridad. México no despegó. La economía se estancó, la inversión se contrajo y el empleo formal quedó muy por debajo de los más de 1.2 millones de plazas anuales que el país necesita para absorber a su juventud. El optimismo prometido se diluyó en cifras modestas y expectativas rotas.
El tejido institucional es destruido. Los organismos autónomos desaparecieron o fueron debilitados. El Poder Judicial entró en un proceso de reforma que, según organismos internacionales, compromete su independencia. La concentración de decisiones en el Ejecutivo y las mayorías legislativas morenistas sometidas al Palacio Nacional destruyen, todo, lo que le estorba a su proyecto de poder.
Simultáneamente, el deterioro en la percepción internacional se profundizó. El Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional colocó a México con 27 puntos sobre 100, en el lugar 134 de 143 países evaluados. La caída de 17 posiciones respecto a 2019 no es sólo estadística: es un indicador de desconfianza estructural. El reporte advierte sobre la infiltración del crimen organizado en la política y la fragilidad de los sistemas de control institucional.
La narrativa del “narcoestado”, impulsada desde sectores políticos en Estados Unidos y Europa, ha ganado espacios internacionales. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, equipara públicamente a México con Venezuela y Cuba. Mientras tanto, en Washington, el “factor Trump” se convierte en variable de presión geopolítica rumbo a la revisión del T-MEC en 2026, con advertencias reiteradas sobre seguridad y combate al crimen organizado.
Internamente, la economía enfrenta una tormenta estructural. El PIB proyectado entre 1.1% y 1.3% apenas sostiene la inercia demográfica; y, eso si se logra. La deuda pública supera los 20 millones de millones de pesos y los fondos de estabilización están prácticamente agotados. La inversión fija bruta se desplomó y la informalidad absorbe a más de 33 millones de trabajadores. Ya no es un escenario de expansión; es de supervivencia, solamente.
El mercado laboral evidencia la fragilidad. La pérdida de más de un millón de empleos en un solo mes hacia finales de 2025 encendió alarmas. El empleo formal se estanca mientras la precarización avanza. El consumo interno pierde dinamismo en un entorno de inflación persistente y poder adquisitivo dañado.
En lo político, Morena se consolida como fuerza dominante, pero enfrenta el desgaste acelerado y una creciente percepción de corrupción. Casos como el del llamado “huachicol fiscal” o los señalamientos sobre financiamiento de “fondos oscuros” han debilitado su narrativa moral fundacional. La disciplina interna es precaria, las pugnas entre tribus comienzan a crecer en un escenario en donde la sucesión y el control del movimiento son ya temas de disputa poco discreta.
En el ámbito social, la inseguridad permanece como herida abierta. Las desapariciones alcanzan cifras récord y la crisis sanitaria, incluyendo rebrotes de enfermedades como el sarampión, revelan debilidades estructurales en el sistema de salud, tan dañado por López Obrador.
La polarización ha fracturado el debate público: la prensa libre y la sociedad civil crítica son estigmatizadas, mientras encuestadoras y medios enfrentan presiones económicas y políticas. Los medios independientes ya son escasos. La opinión pública está debilitada.
La metáfora es clara: México se asemeja a un edificio majestuoso cuya nueva administración demolió columnas para ampliar salones de control. Mientras, se celebra la hegemonía, los cimientos crujen bajo la deuda, la inseguridad y la desconfianza internacional. El choque entre concentración de poder interno y presión geopolítica externa perfila un 2026 de alta tensión.
El país entra a una etapa decisiva. El modelo político de la Cuarta Transformación enfrenta su prueba más severa: sostener gobernabilidad en medio del estancamiento económico, deterioro institucional y presión externa. La pregunta es: ¿Hacia dónde conduce esta Transformación? El veredicto no será ideológico. Será histórico. Y, tal vez, muy lamentable. Veremos.





























