Línea de Análisis

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por J. Alejandro Robledo F.

Y cuando terminó el Mundial, llegaron los números

El Mundial dejó postales que van a quedar en la memoria: plazas llenas, familias con la playera del Tricolor, niños jugando fútbol en cada barrio, y comunidad del país; estadios vestidos de gala y un entusiasmo que no le pide nada a nadie. El equipo nacional regaló una ilusión real al llegar invicto y sin recibir un sólo gol hasta los octavos de final, algo que no se veía en años. Pero ahí se acabó la historia, otra vez con la eliminación en la instancia de siempre, esta vez ante Inglaterra. Así nos dimos cuenta de que un mes de fiesta no resuelve el diagnóstico de fondo del futbol mexicano que sigue exhibiendo lo que ya sabíamos: una formación de jugadores que no se moderniza desde hace 50 años, futbolistas que no salen a completar su desarrollo en el extranjero, una Liga MX diseñada para vender publicidad y cerveza, y la propiedad de los clubes concentrada en un puñado de grupos empresariales que también tienen injerencia en la Selección.

Seguimos llenando estadios con una gran afición pero México sigue sin producir futbolistas de exportación ni entrenadores de nivel que nos lleven más allá de los octavos. Responsabilidad tanto de la Federación como del gobierno, sin políticas públicas para este deporte.  Este Mundial se dedicó organizar mini “mundialitos sociales” que pasaron sin pena ni gloria y a la remodelación de algunas canchas; esto es el reflejo de la mediocridad del gobierno mexicano.

Ahí está el contraste con el campeón del mundo: España volvió a ganar por lo que mejor sabe hacer desde hace 40 años: formar jugadores con un modelo claro (El de Seiru Lo-Cruyff-Guardiola), que privilegia la formación infantil sobre competencias, prepara entrenadores, y replicar el modelo cantera tras cantera, con supervisión de la Real Federación Española de Fútbol y el Ministerio de Educación y Deporte de España -un tema que amerita su propia columna-, porque en México sigue sin resolver el problema, y peor aún, sin que el gobierno intervenga para hacer algo.

La sede que no fue casualidad

México no fue sede por mérito futbolístico ni por infraestructura sobresaliente. Fue sede porque la FIFA necesitaba reconstruir su imagen después del FIFA Gate, aquél escándalo de corrupción de 2015 que tumbó a media cúpula del organismo incluido al presidente Joseph Blatter, investigado por el FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos por lavado de dinero y corrupción. Esa corrupción hizo que EUA perdiera 2 veces la elección para ser sede del Mundial, del 2018 frente a Rusia y del 2022 frente a Qatar. Para reparar el daño, la única opción viable era darle el Mundial a Norteamérica en 2026. Pero en 2018, con la candidatura de Marruecos fortalecida, la FIFA tuvo que hacer la sede de EUA conjunta con México y Canadá.. En ese reparto a México le tocaron apenas 13 de los 104 partidos (lo mismo que a Canadá); mientras Estados Unidos se quedó con 78. La imagen de México como coanfitrión sirvió para blanquear el verdadero centro del torneo: un Mundial pensado para proyectar a Estados Unidos en plena era Trump, con México y Canadá como comparsas. El cuento de que fue el logro del trabajo de la diplomacia y empresarios mexicanos comprometidos, fue eso: un cuento.

El corte de caja que el gobierno no quiere hacer

Ahora toca la parte que ningún boletín oficial va a resumir con la misma euforia con la que se vendió el proyecto. Durante año y medio, el gobierno federal, mañanera tras mañanera, prometió que el Mundial traería 5.5 millones de visitantes y una derrama que, en el discurso, oscilaba entre 60 mil y 70 mil millones de pesos. El gobierno armó un comité, pero apenas planeó el desarrollo real del torneo: las obras de remodelación de sistemas de metros, aeropuertos y remozamiento de las 3 ciudades sede comenzaron apenas meses antes, y a la fecha no se han terminado. El gobierno federal utilizó recursos de manera poco transparente vía fideicomisos que aún falta revisar. Obras mal planeadas, a precios inflados, que no beneficiaron a la población sino que fueron hechas para tapar la realidad ante cámaras de medios extranjeros, que tampoco llegaron.

La realidad de los beneficios económicos del Mundial en México, medida por Moody’s, Deloitte y Citi Banamex, fue muy distinta a las cuentas alegres del gobierno: de los 5.5 millones de turistas extras que vendrían por el Mundial sólo hubo 494 mil (menos del 10% de lo anunciado), de los cuales 296 mil fueron nacionales que se movieron a ciudades sede y 198 mil extranjeros. La derrama fue de alrededor de 45 mil millones de pesos, 60% de lo esperado, y en su gran mayoría fue gasto interno, del tamaño del “Buen Fin”, según las Cámaras de Comercio.

El desglose es más decepcionante si se mira sector por sector: la ocupación hotelera cayó en Guadalajara -6% y en Monterrey estuvo en 58.9% (la más baja desde 2023), mientras que en la Ciudad de México subió sólo 2% para quedar en  57.7% (Deloitte). Las reservaciones de vuelos hacia CDMX y Guadalajara bajaron en plena celebración 2%, según IATA, mientras Monterrey fue la única sede mexicana que creció en tráfico aéreo. La CANIRAC documentó que siete de cada diez restaurantes no vieron ningún incremento relevante en su consumo y que más de la mitad operó con menos de 50% de ocupación. El empleo temporal generado fue de alrededor de 100 mil plazas a nivel nacional, de 100 mil que la Secretaría de Trabajo capitalina había proyectado sólo para CDMX. 

Todo esto después de que el gobierno federal y los tres gobiernos estatales y los municipales sede invirtieran alrededor de 40 mil millones de pesos en remodelar infraestructura urbana (sin contar aeropuertos ni sistemas de metro, aún sin concluir). Esas remodelaciones están señaladas por múltiples sobrecostos y mala planeación, pero sobre todo por la probable y presunta corrupción de la que estuvieron plagadas, como el monorriel de Monterrey o las estaciones de Metro de CDMX.

La pregunta que un gobierno responsable debería estarse haciendo no es si valió la pena la fiesta, sino qué va a pasar con la cuenta. Se gastó dinero público con la promesa de una derrama histórica que no llegó, y de ese boquete depende, en buena medida, que el Paquete Fiscal para el próximo año tenga menos déficit fiscal que en éste que se proyecta de 4.1%, y del de 2024 que fue de 5.7%, el más alto desde 1988, y que cada vez pone más en peligro las finanzas públicas.

El gobierno esperaba que la derrama del Mundial ayudara a lograr un crecimiento de al menos +0.1% y evitar la recesión técnica (el 1er trimestre ya había reportado -0.8%). Si el consumo interno, o lo que gastamos los mexicanos en el torneo, no compensa lo que el Mundial costó y las expectativas que no se cumplieron, la factura se va a sentir en la economía interna, empleo e inflación, y ahí ya no habrá “mañanera” de Sheinbaum que lo tape.

Claudia Sheinbaum tampoco ganó con el Mundial. No fue al partido inaugural ni a ningún encuentro de la Selección, una ausencia leída como distancia deliberada de un evento que ella misma prometió como parteaguas. Terminó viajando a Nueva York para la final, no por decisión propia ni por cercanía con el pueblo que tanto invoca, sino por invitación/instrucción directa de Donald Trump. Ese viaje le costó la narrativa que tanto ha explotado su gobierno: la de que Estados Unidos que ataca la soberanía mexicana y persigue con fines políticos a gobernadores señalados por narcotráfico por Washington. No ganó en lo económico, no ganó en lo deportivo y no ganó en lo político.

Notas al Margen

Saltillo, la “Subsede” que no fue

Como en el resto del país, en Saltillo la promesa fue mayor que el resultado. El director de Fomento Económico Municipal, Enrique Garza, incluso cometió la pifia de decir que nuestra ciudad tendría “entre 350 y 400 mil visitantes (es decir la mitad de la población saltillense) y “800 millones de pesos en derrama económica”, quizá fue un absurdo error, pero así sigue en la página oficial del Municipio: www.saltillo.gob.mx. Mientras, la directora de Turismo Municipal, Lydia González, pidió a restauranteros, hoteleros y transportistas aprender inglés y contratar personal extra, anticipando miles de turistas que nunca llegaron.

Nadie en el equipo del alcalde hizo un estudio serio antes de anunciarlo, y lo peor es que los colaboradores del Alcalde lo engañaron con tal de quedar bien, sin importarles la imagen del gobierno municipal: desde noviembre del año pasado anunciaron que la ciudad sería “Subsede del Mundial” y en torno a esta idea se hizo una campaña. Lo paradójico es que “Subsede” es una figura que no existe en los protocolos de organización del mundial de la FIFA. Sólo existen las Sedes, que en México fueron CDMX, Guadalajara y Monterrey; y los Team Base Camp, las ciudades donde se instalan las selecciones, que fueron: Tijuana, Cancún, Pachuca, Guadalajara, Monterrey. Saltillo no era ninguna de las dos.

Ahí no paró la ineptitud de los directores municipales, también anunciaron un “Fan Fest”, que es exclusivo de las ciudades sede, que tuvo que rebautizarse a última hora como “Fut Fest” porque la FIFA tiene derechos exclusivos sobre esos nombres y el departamento jurídico de la FIFA en México intervino. Un miembro de de la FIFA en México me confirmó que incluso evaluaron demandar al municipio por el uso de sus marcas.

Javier Díaz tiene apenas unos meses para hacer ajustes en su equipo antes de la reelección. Quizá, ya pagados los apoyos de campaña, sea momento de rodearse de personal a la altura de una ciudad que es la 2ª de mayor ingreso per cápita del país, 8ª economía municipal del país y 20ª en población. De ese tamaño es el reto de trabajar por Saltillo.