Propuesta rusa de prórroga del Nuevo START: ¿puede salvarse el control nuclear en tiempos de desconfianza?

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El presidente Vladimir Putin ofreció prolongar por un año más el Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (Nuevo START), el pacto vigente entre Rusia y Estados Unidos que limita cabezas nucleares desplegadas, bombarderos estratégicos y misiles intercontinentales. La propuesta se condiciona a que EE. UU. también respete las mismas restricciones, sin adoptar medidas que desestabilicen el equilibrio de disuasión existente.

El Nuevo START expira el 5 de febrero de 2026. Hasta ahora, las negociaciones para renovar o sustituir el tratado han estado entorpecidas por tensiones políticas y militares derivadas de la guerra en Ucrania, los despliegues de sistemas antimisiles, y las acusaciones mutuas de violaciones o conductas que socavan la confianza entre ambas potencias.

Rusia ha dejado claro que solo seguirá acatando los límites del tratado si Estados Unidos actúa de forma equivalente. Se muestran particularmente preocupados por cualquier avance de Washington en sistemas de defensa antimisiles, especialmente aquellos con componentes espaciales, pues los consideran una amenaza directa al balance estratégico nuclear.

Desde el punto de vista internacional, esta oferta rusa tiene múltiples implicaciones. Primero, porque mantiene en el aire la posibilidad de que el Nuevo START sea el último gran tratado de control de armas estratégicas entre superpotencias, si no se logra un acuerdo de seguimiento o una ampliación más duradera. Segundo, porque refleja la creciente incertidumbre mundial sobre la no proliferación nuclear: sin pactos verificables y con mecanismos de inspección debilitados, se abre la puerta a una escalada armamentística que puede generar una carrera de armamentos renovada con riesgos globales. Tercero, por el componente geopolítico: todo lo que ocurre entre Rusia y EE. UU. afecta la estabilidad de alianzas, la postura de la OTAN, la seguridad europea y el orden internacional.

Desde un análisis político-estratégico, este ofrecimiento también funciona como maniobra diplomática. Permite a Rusia presentarse ante la comunidad internacional como un actor dispuesto al diálogo y al mantenimiento de compromisos, mientras que al mismo tiempo pone la presión sobre Estados Unidos para que demuestre reciprocidad. En el escenario interno ruso, puede reforzar la narrativa de que Moscú no busca agresión, a pesar del conflicto en Ucrania, sino que responde racionalmente a lo que considera amenazas externas crecientes.

Sin embargo, las dudas son grandes: ¿Qué tan dispuestos están los negociadores estadounidenses a recuperar confianza mutua? ¿Podrán restablecerse los mecanismos de verificación e inspección que han estado inactivos o problemáticos? ¿Aceptará EE. UU. las condiciones rusas sobre defensa antimisiles, despliegue espacial de sistemas de armas, etc.? ¿Habrá garantía de que esta prórroga no sea solo una táctica temporal, en vista del vencimiento definitivo?

La propuesta de Putin podría significar una ventana de oportunidad para reforzar el control de armas. Pero si la desconfianza predomina y no hay avances concretos, el Nuevo START puede quedar, no solo como un tratado histórico, sino como un vestigio de un orden que el mundo ya no tiene la voluntad de sostener.