Amaranta Madrigal.
El universo late un instante que pronuncia tu nombre.
Por eso…
Consagra el suelo, altar invisible bajo tus pasos.
Recuerda al polvo que alguna vez fue estrella.
El cosmos inhala y exhala presencia a través de ti.
Respira amor y suspira comprensión que abrace.
Permite a tu nervio vago ser un conducto sagrado.
La tierra es madre que canta a tus raíces tejiendo puentes secretos.
Despierta el resplandor de tu cerebro. Siente mareas tibias del corazón calentadas a fuego lento en tus entrañas.
Eres el axis mundi, columna de poder metálico y brazos abiertos.
Agradece ordenando el caos, ama creando ruiseñores y colibríes del color de las cascadas.
No hay objeto pequeño, no hay gesto inútil:
La cucharilla que giras en tu taza es galaxia en espiral obedeciendo a tu mano que aprendió la plegaria de tocar la inexistente materia.
Sacraliza la mirada hasta que cada rostro sea un templo respirando, hasta que cada herida ajena te revele la ternura propia que aún no has pronunciado.
Porque tu legado humano no es estar sobreviviendo.
Es recordar que puedes encenderte desde dentro.
Es despertar el idioma de la luz en tus huesos.
Es entender el umbral de tu sangre que te guía a ser un cuerpo más fino, más cierto.
Y un día…
Al abrir tus párpados como sol de la mañana, no dividirás lo sagrado de lo cotidiano.
Entenderás en éxtasis continuo, la sencillez de ser la vastedad de la existencia…




























