Los discursos se desgastaron frente al peso de la realidad

0
18

Jorge Arturo Estrada García.

“El poder no corrompe. El miedo corrompe,
tal vez el miedo a perder el poder”.
John Steinbeck.

«Nada va bien en un sistema político en el que
las palabras contradicen a los hechos”.
Napoleón Bonaparte.

“Los hombres son pervertidos no tanto por
la riqueza como por el afán de riqueza”.
Louis de Bonald.

La tenaza se cierra. La superioridad moral se desvaneció. Tal vez nunca existió. Alarmados, los morenistas, reaccionan para aferrarse al poder. Su incapacidad lleva al país al colapso económico y a la destrucción democrática. Las poses ideológicas, nos enfrentan con nuestros vecinos. Acorralados, por sus excesos e incapacidades, la realidad ya los atrapó. Entonces, alarmados, aplican sus medidas de emergencia y dictan leyes para perpetuarse en el poder. Lo harán al estilo Nicolás Maduro con votos fantasma, con actas alteradas e instituciones electorales cooptadas. Incluso, podrán anular resultados electorales alegando “intervención del extranjero”.

Al mismo tiempo, la administración Trump ha puesto una «pistola cargada sobre la mesa», condicionando la estabilidad de la relación bilateral y la soberanía territorial a resultados tangibles en seguridad y cooperación judicial. Las renegociaciones del T-MEC están en juego, las acciones unilaterales han sido advertidas.

Para no activar una intervención directa, en territorio mexicano, el gobierno de los Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, ha establecido una serie de condiciones y exigencias críticas, que han sido comunicadas a la presidencia de México en un clima de alta tensión diplomática, aseguran los enterados.

Es evidente, luego de ocho años en el poder, que la Cuarta Transformación no merece tener un lugar en la política mexicana. Los morenistas, resultaron ser los peores de cada partido y de cada región del país. A lo largo del siglo 20 tuvimos malos, regulares y los peores gobiernos. La democracia brilló por su ausencia en México. Su primer destello fue cuando Francisco I Madero ganó la presidencia, en 1911. El otro gran paso, fue cuando Vicente Fox llegó al Palacio Nacional en el año 2000. Ahora los caminos han sido cancelados por los guindas.

La política mexicana, vive uno de esos momentos, en donde las máscaras comienzan a quitarse. Los discursos que durante años alimentaron esperanzas, resentimientos y lealtades se desgastaron frente al peso de la realidad. La Cuarta Transformación llegó al poder prometiendo una ruptura histórica con los vicios del pasado, pero hoy enfrenta severos cuestionamientos, por sus excesos, que la colocan bajo una presión creciente tanto dentro como fuera del país.

La memoria política suele ser implacable. El último gran símbolo del autoritarismo priista fue la caída del sistema de 1988 y la figura de Manuel Bartlett es referencia obligada de aquella etapa. Y, sin embargo, López Obrador lo convirtió en un personaje destacado en su movimiento y en un millonario.

Décadas después, el obradorismo construyó parte de su identidad sobre la denuncia permanente del “fraude electoral de 2006”. Aquellas cajas, de “pruebas” pero vacías, exhibidas por dirigentes, como Claudia Sheinbaum y Gerardo Fernández Noroña, se transformaron en símbolos de una narrativa con base en mentiras, insostenibles. Aquel episodio, terminó retratando a un movimiento que terminaría reproduciendo muchas de las prácticas que decía combatir.

La promesa de superioridad moral fue, durante años, el principal argumento político de Morena. Era una bandera poderosa. Permitía dividir, la arena pública, entre buenos y malos, entre pueblo y élites, entre honestos y corruptos. Sin embargo, el tiempo es el juez más severo de cualquier proyecto político. Los escándalos, las investigaciones judiciales y periodísticas, las denuncias de tráfico de influencias y las fortunas acumuladas por personajes cercanos al poder han erosionado una narrativa que parecía sólida.

Mientras tanto, los problemas económicos, la inseguridad persistente y el debilitamiento institucional generan fisuras, aun dentro del propio movimiento gobernante. La popularidad sigue existiendo, en amplios sectores, pero no es convicción ideológica. Cada vez, depende más de la estructura, de los programas sociales, de la movilización territorial y de la capacidad de mantener cohesionada una coalición convenenciera, construida alrededor del poder, fortalecida con base en traidores.

En ese contexto, aparece un factor externo que modifica todas las ecuaciones: el regreso de Donald Trump al centro de la política continental. Desde Washington se observa, con creciente preocupación y disgusto, la cercanía de diversos gobiernos latinoamericanos con China, Rusia e Irán. México, ocupa una posición particularmente sensible. Su peso económico, geográfico y estratégico lo convierte en una pieza fundamental dentro de cualquier disputa por la hegemonía regional.

La Casa Blanca ha dejado de utilizar eufemismos. Las declaraciones de Pete Hegseth sobre una posible guerra contra los cárteles, bajo el paraguas del llamado Escudo de las Américas, representan mucho más que una estrategia de seguridad. Son una señal política que debe ser tomada en cuenta. Washington habla de seguridad nacional, de amenazas a sus intereses vitales y señala al narcotráfico mexicano. 

Las exigencias estadounidenses son cada vez más explícitas. Se exige Cooperación judicial reforzada, combate frontal a las organizaciones criminales, respeto a los mecanismos de extradición y resultados concretos contra las redes financieras de la delincuencia. Es así, que la revisión del T-MEC aparece como una poderosa herramienta de presión sobre una economía mexicana tan vulnerable.  Tan dependiente del mercado y la inversión estadounidense.

El problema, para Palacio Nacional, es que las presiones externas coinciden con un periodo de desgaste interno. Los escándalos políticos se acumulan. Las acusaciones de corrupción circulan con fuerza. La oposición intenta reorganizarse. Los inversionistas observan con cautela. Y los indicadores económicos muestran señales preocupantes en diversos sectores productivos. La sensación de incertidumbre comienza a extenderse.

Ante este escenario, el oficialismo parece actuar con una lógica defensiva. La prioridad es consolidar las posiciones de poder, a toda costa. Sin guardar las formas. Las reformas institucionales, los cambios en organismos autónomos son intentos de consolidar el control político ante un futuro desfavorable.

La historia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos de gobiernos que, enfrentados al desgaste y al declive de popularidad, optaron por reforzar los mecanismos de control político antes que corregir errores estructurales. Algunos, lograron prolongar su permanencia durante años. Otros, terminaron acelerando su propia crisis. La diferencia suele radicar en la fortaleza de las instituciones y en la capacidad de la sociedad para defenderlas.

Por ahora, la tenaza continúa cerrándose. Desde el norte llegan advertencias cada vez más severas. Desde adentro surgen evidencias de corrupción y alianzas inconfesables. La Cuarta Transformación conserva todavía el poder, Pero, enfrenta un desafío, que termina alcanzando a todos los movimientos políticos: demostrar que puede sobrevivir cuando la épica se desvanece; cuando los resultados no llegan con la velocidad prometida; y, cuando la realidad comienza a imponer sus propias condiciones. Veremos.