La tijera que amenaza a la democracia: recortes al INE y al Poder Judicial en el ojo del huracán

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El anuncio reciente de que el paquete económico 2026 incluirá recortes al Instituto Nacional Electoral (INE), al Poder Judicial de la Federación y al Tribunal Electoral (TEPJF) ha encendido las alarmas sobre el rumbo de las instituciones autónomas en México. La propuesta, impulsada por Morena a través de su coordinador en San Lázaro, Ricardo Monreal, justifica la medida en una postura de “austeridad republicana” y en la ausencia de procesos electorales federales el próximo año. Pero, más allá de la retórica, el asunto no es solo contable: representa un desafío político de fondo para los equilibrios institucionales y para la legitimidad del sistema democrático.

Las cifras que se han hecho públicas muestran la magnitud del ajuste. Para el INE se plantea reducir un monto de alrededor de 4 mil millones de pesos respecto a lo solicitado para 2026, mismo que ya era inferior al presupuesto ejercido en 2025. En el caso del Poder Judicial, se revisará a la baja una petición adicional de cerca de 15 mil millones de pesos que, según Monreal, carece de una argumentación convincente. El TEPJF también está señalado: solicitó un incremento moderado, pero será objeto de recorte argumentando que su carga de trabajo será reducida en el año sin elecciones federales. Estas previsiones, aunque todavía negociables en comisiones, reflejan una tensión inequívoca sobre la capacidad financiera de órganos que no solo resguardan elecciones, sino los derechos públicos esenciales.

El recorte anunciado no ocurre en el vacío. Van aparejados conflictos previos entre el Ejecutivo y el poder judicial: la presidenta Claudia Sheinbaum ya ha reclamado públicamente al nuevo Poder Judicial la necesidad de que se retire un incremento presupuestal de 15 mil millones solicitado por la Suprema Corte, proponiendo que esos recursos se destinen a universidades, cultura o infraestructura. Esa solicitud explícita pone en evidencia la ambivalencia de asumir “autonomía institucional” mientras se condiciona su viabilidad financiera desde el Ejecutivo.

Las implicaciones políticas son múltiples. Primero, reducir los recursos del INE en un año sin elecciones federales puede abrir la puerta a restricciones operativas latentes: menos presupuesto podría traducirse en limitaciones para supervisar procesos locales, regular plataformas digitales, fiscalizar partidos o garantizar el cumplimiento de la normativa electoral. En el pasado, recortes abruptos han provocado que el INE argumentara que se le impide cumplir su mandato con el rigor institucional necesario.

Segundo, acotar financieramente al Poder Judicial, justo cuando ha sido objeto de reformas profundas —incluyendo el cambio hacia la elección popular de jueces— es ejercer presión estructural sobre el poder contralor de la Constitución. Las reformas judiciales de 2024 implicaron una reconfiguración del sistema, con nuevas reglas de autonomía, responsabilidades y participación. Restringir recursos puede coartar su concreción y dejar abiertas las puertas a debilitar controles internos en favor del poder político.

Tercero, en el terreno simbólico, estos recortes proyectan un mensaje: las instituciones autónomas solo pueden existir siempre que su costo no sea “excesivo” para el Estado. Eso puede empujar a que su operación dependa cada vez más de la discrecionalidad del Ejecutivo o de grupos parlamentarios afines. En este escenario, la austeridad puede convertirse en una herramienta de control político.

Finalmente, es importante advertir que el debate presupuestal no está cerrado ni es un trámite técnico. Las comisiones de Hacienda, Presupuesto y Gobernación jugarán un rol fundamental. Organismos ciudadanos, académicos y defensores de derechos públicos tienen la tarea de monitorear estas decisiones y exigir que los recortes no se traduzcan en debilitamiento institucional.

El dilema es claro: en nombre del ahorro, ¿se sacrificará la fortaleza de la democracia? Si los órganos encargados de garantizar elecciones imparciales y justicia constitucional operan con presupuestos restringidos, el Estado de derecho puede pasar de ser un principio a una expectativa frágil. El debate no es solo cuánto recortar, sino qué tipo de país queremos: uno fuerte en instituciones o dependiente de voluntades de turno.