Los resultados electorales tienen un enorme valor simbólico

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Jorge Arturo Estrada García.

«No tenemos un gobierno de la mayoría.
Tenemos un gobierno de la mayoría que participa.»
Thomas Jefferson.

«Nada va bien en un sistema político
en el que las palabras contradicen a los hechos»
Napoleón Bonaparte.

Las elecciones no se ganan con propaganda. Tampoco, con conferencias mañaneras, campañas permanentes o programas sociales multimillonarios. Las elecciones se ganan con buenos candidatos, estructura territorial amplia y adiestrada; y, con ciudadanos dispuestos a salir de sus casas para defender una causa. El pasado siete de junio, Coahuila le recordó esa vieja lección a la clase política mexicana. Así, Morena recibió un mensaje impactante: no es invencible.

Morena recibió un mensaje impactante: no es invencible.

Es claro que, Coahuila, no define por sí sola el rumbo del país. Su padrón electoral es pequeño y sus dinámicas políticas son distintas a las del centro y sur de México. Sin embargo, los resultados poseen un enorme valor simbólico. El PRI, no solamente retuvo el control político local; también evidenció las grietas de un movimiento político que durante años parecía caminar sin oposición real. Las urnas demostraron que la inercia electoral tiene límites.

La derrota, morenista, adquiere mayor relevancia porque ocurre en un momento especialmente delicado para el oficialismo. Mientras la administración, de Claudia Sheinbaum, enfrenta presiones externas e internas sin precedentes, el proyecto político construido alrededor de Andrés Manuel López Obrador comienza a mostrar enormes señales de desgaste. Primero fue Durango. Ahora fue Coahuila. En ambos casos, el operador político que debía garantizar la expansión territorial de Morena, Andrés «Andy» López Beltrán, acumuló resultados adversos. Incluso desertó, días antes de los comicios coahuilenses. Sabía que perdería irremediablemente.

Los números son elocuentes. El Partido Acción Nacional sufrió un desplome histórico al quedar por debajo del tres por ciento de la votación. Sin embargo, esos sufragios no desaparecieron. No emigraron hacia Morena ni se diluyeron en la abstención. Fueron canalizados hacia el PRI. Lo que ocurrió fue un fenómeno, impecable, de voto útil: ciudadanos que decidieron concentrar sus preferencias en la opción con mayores posibilidades de derrotar al partido obradorista.

La participación electoral también envió una señal poderosa. Coahuila, rompió sus números magros en una elección intermedia. Se alcanzaron niveles, que hace apenas unos años parecían improbables. Es así, que cuando los ciudadanos perciben riesgos o amenazas para su entorno inmediato, reaccionan. Y cuando consideran que su seguridad o sus oportunidades económicas, de progreso y de calidad de vida están en juego, se convierten las urnas en un instrumento, poderoso, de defensa política.

Mientras tanto, el panorama nacional, se torna cada vez más complejo para Morena. Las crisis derivadas de las acusaciones de narcopolítica, formuladas desde tribunales estadounidenses, contra figuras cercanas al oficialismo, han llevado a la relación bilateral a uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Las investigaciones, los señalamientos públicos y la creciente presión diplomática han erosionado significativamente la narrativa de la Superioridad Moral que durante años fue una de las principales bases del movimiento.

A todo lo anterior, se suma una economía que avanza poco, con dificultades. Así, el crecimiento permanece estancado, la deuda pública continúa aumentando y la revisión del T-MEC se aproxima en medio de incertidumbre. Los inversionistas observan con preocupación el debilitamiento institucional, mientras Washington endurece sus exigencias en materia de seguridad, combate al crimen organizado y transparencia gubernamental. El margen de maniobra de Palacio Nacional es, cada vez, más estrecho.

En ese contexto, la derrota en Coahuila adquiere una dimensión mucho mayor que la simple pérdida de diputaciones. Es claro que representa una advertencia política. Una señal de que los programas sociales, por sí solos, ya no garantizan lealtades automáticas. Es una muestra de que las fracturas internas, la improvisación de candidaturas y la ausencia de liderazgos sólidos pueden cobrar factura en las urnas.

También, deja lecciones para la débil oposición. El colapso del PAN, de Coahuila, obliga a una reflexión profunda sobre la viabilidad de competir en solitario frente a Morena. Entonces, los llamados, de Alejandro Moreno, para reconstruir alianzas rumbo a las elecciones de 2027, no surgen del entusiasmo, sino de la evidencia matemática contundente. Coahuila, ya demostró que la dispersión beneficia al morenismo. En cambio, la concentración de la fuerza del voto opositor puede producir resultados relevantes.

Por ahora, el mensaje ya salió de las fronteras coahuilenses y pernea rumbo al próximo gran ciclo electoral del 2027. Morena sigue siendo la principal fuerza política del país, pero ya no parece invulnerable. Las clases medias han demostrado que todavía poseen capacidad de organización y de castigo electoral. La democracia mexicana vuelve a recordar una verdad elemental: ninguna victoria es eterna, ninguna derrota es para siempre y ningún partido puede darse por dueño, permanente, de la voluntad ciudadana. Las señales ya fueron enviadas. Veremos quién las entendió.