Las inundaciones en Piedras Negras (1890-1954). Crónica histórica de una ciudad valiente que aprendió a vivir con el río bravo

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Rigoberto Losoya Reyes.

El río Bravo, desde la fundación de Piedras Negras en junio de 1850, ha provocado algunas de las mayores tragedias que recuerdan los habitantes de la frontera.

Mucho antes de la construcción de las grandes presas internacionales —La Amistad y Falcón— las crecientes dependían exclusivamente de las lluvias registradas en la extensa cuenca del río Bravo, desde las montañas de Colorado hasta los afluentes mexicanos como el río Conchos, el río San Juan y el río Salado. Cuando coincidían lluvias extraordinarias en ambas márgenes, el cauce adquiría una fuerza devastadora.

Una sección de la calle Juárez inundada. Al lado derecho se aprecia la antigua presidencia municipal y cuartel (junio de 1954).

Entre finales del siglo XIX y mediados del XX, Piedras Negras sufrió varias inundaciones de gran magnitud que dejaron profundas huellas en la memoria colectiva. La infraestructura de la ciudad nunca ha estado lista para estos eventos hidráulicos.

La inundación de 1890: el primer gran desastre documentado

La primera gran inundación ampliamente documentada ocurrió el 10 de septiembre de 1890, cuando la población todavía llevaba el nombre de Ciudad Porfirio Díaz.

El periódico oficial del estado, El Coahuilense, publicó diez días después un informe que permite conocer la gravedad del desastre.

La corriente destruyó aproximadamente cien pies del puente internacional Carlos Pacheco, obra que representaba el principal enlace comercial con Eagle Pass. La garita estadounidense donde funcionaba el cordón sanitario desapareció completamente, ignorándose durante varias horas el destino de quienes permanecían en ella.

Las comunicaciones quedaron prácticamente paralizadas. Se suspendieron los servicios telefónicos, el alumbrado eléctrico, los chalanes que cruzaban el río y las líneas telegráficas nacionales e internacionales.

La inundación también alcanzó Villa de Fuente, el Molino del Río y las instalaciones carboníferas de Río Escondido, donde desaparecieron importantes depósitos de carbón mineral.

En aquella época el presidente municipal Pedro Garza Ramos, acompañado por el secretario Vicente Galán, organizó las primeras acciones de auxilio con recursos muy limitados, mientras el gobernador de Coahuila solicitaba informes para gestionar apoyos extraordinarios.

Semanas después, el propio periódico anunció funciones teatrales y otros espectáculos cuyos ingresos serían destinados a las familias damnificadas, constituyendo uno de los primeros antecedentes de ayuda organizada en la historia de Piedras Negras.

Un río sin control

Durante las primeras décadas del siglo XX el río Bravo permanecía completamente libre.

No existían presas reguladoras capaces de controlar los enormes volúmenes de agua procedentes de Colorado, Nuevo México, Texas, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

Las crecientes descendían prácticamente sin obstáculos hasta el Golfo de México.

Esta situación explica la magnitud de la inundación registrada en junio de 1922 y la de 1954.

La gran creciente internacional de 1922

La segunda quincena de junio de 1922 quedó registrada como una de las mayores inundaciones ocurridas antes de la construcción de las presas internacionales. Las intensas lluvias asociadas a un ciclón tropical que cruzó el noreste de México provocaron escurrimientos excepcionales en el río Bravo y en afluentes como el río San Juan, generando dos crestas sucesivas que agravaron la emergencia.

Uno de los testimonios más completos apareció en The San Antonio Light del 19 de junio de 1922.

Desde su primera plana informaba que el río había destruido el puente carretero y el puente ferroviario de Eagle Pass, ocasionando importantes daños materiales y obligando a emitir alertas para todas las poblaciones río abajo. El periódico advertía que la cresta de la inundación alcanzaría Laredo durante la noche del mismo día.

El observador meteorológico Charles Jarboe señaló que el río alcanzó aproximadamente 45 pies con 8 pulgadas, superando la gran inundación de 1884, considerada hasta entonces la mayor registrada en Eagle Pass. También informó que el puente internacional de concreto entre Laredo y Nuevo Laredo estaba siendo vigilado continuamente debido al riesgo que representaba el extraordinario caudal.

Mientras tanto, los corresponsales destacaban que los diques del Valle del Río Grande resistían la presión del agua entre Brownsville y Mission, aunque advertían que la margen mexicana carecía de obras de protección suficientes, situación que favorecía el desbordamiento sobre extensas áreas agrícolas.

Piedras Negras bajo el agua

La tragedia también fue publicada en otros periódicos estadounidenses.

El Riverside Daily Press, retomando informes enviados desde Washington por el cónsul estadounidense en Piedras Negras, informó el 19 de junio de 1922 que una parte considerable de la ciudad permanecía inundada.

La nota describía que los sistemas de agua potable, alumbrado y telefonía habían dejado de funcionar, los puentes internacionales habían sido arrastrados por la corriente y las comunicaciones quedaron completamente interrumpidas.

Los primeros informes señalaban que numerosas viviendas habían sido destruidas y que la Cruz Roja colaboraba con las autoridades locales para atender a las familias que habían perdido sus hogares.

La respuesta del gobierno mexicano

La magnitud de los daños obligó al presidente Álvaro Obregón a intervenir.

El 27 de junio de 1922 autorizó una franquicia aduanal extraordinaria que eximía del pago de derechos de importación a los materiales destinados a la reconstrucción y permitía el ingreso de alimentos y artículos de primera necesidad para las poblaciones fronterizas afectadas.

La disposición fue publicada por la prensa mexicana el 29 de junio, cuando muchas comunidades aún continuaban enfrentando las consecuencias de la creciente.

La medida constituye uno de los primeros antecedentes de apoyo fiscal federal específicamente dirigido a la reconstrucción de ciudades fronterizas afectadas por un desastre natural.

La inundación de 1932

Diez años más tarde el río Bravo volvió a causar severos daños.

En octubre de 1932, el periódico Opinión, publicado en Los Ángeles, informó que la Cámara de Diputados autorizó 20 mil pesos para auxiliar a los damnificados de Piedras Negras, Villa Acuña y Jiménez.

Para distribuir esos recursos se integró un Comité Central de Auxilios con representantes del Gobierno del Estado, la Secretaría de Hacienda, el Ayuntamiento y la Cámara Nacional de Comercio.

Las listas oficiales registraron 576 familias afectadas en Piedras Negras, 289 en Villa Acuña y 190 en Jiménez, cifras que reflejan la magnitud del desastre y el crecimiento urbano experimentado por la región durante las primeras décadas del siglo XX.

1948: una advertencia ignorada

Aunque la inundación de 1948 no alcanzó la magnitud de la ocurrida seis años después, demostró nuevamente la vulnerabilidad de las colonias establecidas en las partes bajas de la ciudad.

Las notas periodísticas de la época evidencian que el problema persistía y que las medidas preventivas seguían siendo insuficientes frente a una avenida extraordinaria del río Bravo.

1954: la inundación que transformó a Piedras Negras

Una gran cantidad de familias se resguardo en las partes de la ciudad en junio de 1954.

La creciente iniciada el 27 de junio de 1954 marcó un antes y un después en la historia de la ciudad.

Gracias a los avisos emitidos por autoridades hidrológicas estadounidenses, el Gobierno de Coahuila ordenó evacuar con anticipación a miles de personas.

El gobernador Román Cepeda Flores se trasladó a Piedras Negras para coordinar personalmente las labores de rescate, mientras el Ejército Mexicano, la Cruz Roja y numerosos voluntarios establecieron campamentos provisionales en Villa de Fuente, el antiguo aeropuerto y la loma donde posteriormente surgiría la colonia 28 de junio.

Al día siguiente, el agua cubría prácticamente todo el centro histórico, los barrios Mundo Nuevo, González, Roma y El Pocito. Muchas familias únicamente alcanzaron a rescatar parte de sus pertenencias antes de abandonar sus viviendas.

Cuando el nivel comenzó a descender el 29 de junio, el panorama era desolador: calles cubiertas por lodo, viviendas destruidas, comercios inservibles y una ciudad obligada a iniciar una de las mayores reconstrucciones de su historia.

Una ciudad forjada a pesar de las constantes inundaciones

La historia de las inundaciones en Piedras Negras demuestra que el río Bravo no solo ha delimitado la frontera entre México y Estados Unidos; también ha moldeado el desarrollo urbano, la organización comunitaria y las políticas de protección civil.

Cada creciente impulsó nuevas formas de cooperación entre autoridades y sociedad, desde las colectas públicas organizadas en 1890 hasta la coordinación binacional observada en 1954. Al mismo tiempo, estos episodios explican la importancia que tuvieron, años después, las grandes obras de regulación hidráulica en la cuenca internacional del río Bravo.

Hoy, más de un siglo después de la inundación de 1890, estas páginas de la prensa mexicana y estadounidense no solo permiten reconstruir los hechos: constituyen un testimonio de la capacidad de resiliencia de una comunidad fronteriza que ha sabido levantarse una y otra vez frente a la fuerza de la naturaleza. Los arroyos de la ciudad en ocasiones se desbordan cuando las lluvias son intensas provocando inundaciones en las colonias construidas en zonas inundables.