En un contexto regional como el nuestro, donde las decisiones deben estar fundamentadas en la economía real y no en ilusiones de grandeza, el aeropuerto Plan de Guadalupe o de Saltillo como se le conoce, bajo la administración del expolicía cuestionado, Óscar Pérez Benavidez, parece estar tomando un camino erróneo al intentar competir, a toda costa, con el Aeropuerto Internacional de Monterrey.

A pesar de sus esfuerzos, el Plan de Guadalupe está lejos de tener la infraestructura, la conectividad o la demanda necesarias para hacerle frente a su vecino gigante. Y lo peor de todo es que, al parecer, se cree que la competencia se gana solo con anuncios y optimismo, sin tener en cuenta factores fundamentales como el tamaño, la calidad del servicio y, por supuesto, la capacidad operativa.
Recientemente, se han lanzado anuncios acerca de nuevas rutas aéreas que comenzarán en el verano, con un entusiasmo que roza lo ilusorio. Sin embargo, prometer vuelos no es lo mismo que garantizar su consolidación y, mucho menos, su permanencia.
Las aerolíneas operan en un entorno altamente competitivo y, por más que se quiera vender una imagen de éxito, no hay nada más volátil que la demanda de vuelos a corto plazo. ¿Qué ocurrirá cuando el primer impulso de turismo o negocios se disipe? ¿Qué sentido tiene apostar por rutas que, con el tiempo, podrían convertirse en simples espejismos?
Es evidente que en lugar de aferrarse a un sueño de competencia irreal con Monterrey, el Plan de Guadalupe debería centrarse en lo que realmente tiene en sus manos: su vocación regional.
Este aeropuerto tiene un potencial único como nodo logístico, y es allí donde debe poner su foco, en lugar de seguir persiguiendo rutas de pasajeros que no puede sostener. El Plan de Guadalupe debería aprovechar su ubicación estratégica para convertirse en un aeropuerto de carga de gran relevancia para la región.
Convertirse en un punto clave para el transporte de mercancías, no solo dentro de Coahuila, sino también hacia el área metropolitana de Monterrey y el sureste del estado, es la verdadera oportunidad para generar crecimiento real.
Hablamos de crear un ecosistema de bodegas, centros de distribución, aduanas, empleo especializado y una cadena logística eficiente. ¿Dónde está esa visión estratégica? ¿Por qué nadie está hablando de esto? Si se apostara por esta dirección, el aeropuerto no solo sería viable, sino que también abriría las puertas para atraer inversiones sustanciales que hoy por hoy están mirando hacia otros horizontes.
Lo que el Plan de Guadalupe necesita urgentemente es diversificación. No podemos seguir dependiendo de un solo sector, como lo es la industria automotriz, que, por su naturaleza, está expuesta a cambios globales. Sin una alternativa, cualquier crisis económica, ajuste en la producción o fluctuación en la demanda nos dejaría nuevamente en una situación vulnerable, a merced de los vaivenes del mercado.
Pero si se integrara al corredor logístico que ya está en expansión en la zona metropolitana de Monterrey, se podría construir un puente económico que beneficie tanto a Coahuila como a Nuevo León. Monterrey, con su centro de vuelos comerciales, y Coahuila, con su red de transporte de carga. Esto sería, sin lugar a dudas, un «ganar-ganar» que potenciaría ambos estados, y no una competencia innecesaria e insostenible.
Lo cierto es que, aunque los vuelos de pasajeros suenan mucho más atractivos, la logística es lo que realmente mueve el mundo. No se trata de generar titulares en las redes sociales o de mostrar destinos turísticos en colores brillantes. La logística no se basa en aplausos, sino en volumen, eficiencia y permanencia, cualidades que, hasta ahora, parecen ser la verdadera clave para que el aeropuerto Plan de Guadalupe logre despegar.
Es hora de que dejemos de soñar con lo que no somos y comencemos a trabajar en lo que realmente podemos ser: un centro logístico eficiente que impulse la economía de la región y no un aeropuerto que, en su afán de competir, se está desviando de la realidad.



























