Anécdota del colibrí

0
12

Oliverio Ascascius.

l

«A las 24 de la noche,
a las 24 horas de cada noche
aquel tirano tomaba una pierna entre sus garras;
el trajinar de sus dientes, colmillos e intestinos
trabajaban ansiosamente.

La noche estaba triste
sin el deleite que le procura
la sosiegues de las sombras nocturnas.

Desesperadamente aquel tirano
clavaba una y otra vez
el filo de sus dientes asesinos.
Masticaba sin piedad la blandura
de aquella carne inerme que deseaba huir
de sus mandíbulas lacerantes.

¡Cómo lloraban mis ojos y mi cuerpo!
¡Cómo lloraba mi luna de abril
ante aquel espectáculo bestial!

ll

«Un tiempo después de las 24 de la noche.
Dos tiempos después de las 24 de la noche;
la luna cerraba sus ojos hipnotizantes.
El cuerpo del tirano empezaba a estremecerse.
A lo largo de su piel
escurría copiosamente un sudor maloliente.
Su cabeza había dado un giro de 180 grados
y creí que se me caía el pico.

Epilépticamente balbuceaban su cuerpo y sus garras,
su mandíbula y su aire de militar engreído, balbuceaban.

Yo había dejado de llorar.
La cabeza del tirano se había desprendido de su tronco
y rodaba por el suelo como un balón de futbol soccer.

Quise ver el nacimiento de su nueva cabeza de tirano,
pero era una cabeza de cerdo…
una cabeza de cerdo oscuro y feo.

lll

«Ya no puedo contar
lo que mis ojos de pájaro y mi cerebro
sin masa encefálica conocieron.
Emprendía el vuelo cuando un ser enorme,
mucho más grande que aquel tirano
tomaba a éste entre sus garras
y llevándoselo a la boca, se lo empezó a tragar.

Sin duda así acaban los tiranos: mordidos,
masticados, diluidos, escupidos por los cocodrilos.