Mientras miles de maestras y maestros mexicanos enfrentan aulas deterioradas, compran material didáctico con recursos propios, recorren largas distancias para llegar a sus centros de trabajo y esperan mejoras laborales que nunca llegan, el dirigente nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y senador de Morena, el coahuilense Alfonso Cepeda Salas, aparece en el centro de una controversia por haber realizado 95 vuelos en un jet privado en el presente año.

El problema no es únicamente el número de vuelos ni el tipo de transporte utilizado. El verdadero conflicto radica en el mensaje que transmite. Un líder sindical debe ser el reflejo de las condiciones de quienes representa, no la imagen de una élite política que olvidó el origen de su poder.
Cada despegue del avión privado amplía la distancia entre la dirigencia y las aulas donde diariamente se libra la verdadera batalla por la educación pública. Más preocupante aún es el silencio. En una democracia y en una organización que administra recursos y representa a cientos de miles de trabajadores, la transparencia no es opcional.
Cuando las preguntas se responden con evasivas o simplemente se ignoran, las sospechas ocupan el lugar de las explicaciones. Si todo está en orden, ¿por qué no demostrarlo con documentos, informes y cuentas claras?
Las voces de los propios docentes retratan mejor que cualquier análisis el profundo malestar que existe. Reflejan un sentimiento de abandono que lleva años acumulándose. No se trata solamente del costo de un avión; se trata de la percepción de que quienes deberían defender al magisterio terminan disfrutando privilegios que nada tienen que ver con la realidad de sus representados.
Por décadas, el sindicalismo nacional carga con el peso de liderazgos que, una vez instalados en el poder, parecen más preocupados por conservar privilegios que por encabezar las causas de sus agremiados. El SNTE difícilmente lo logrará mientras un jet privado sustituya las de un dirigente recorriendo escuelas, escuchando a los maestros y resolviendo sus demandas.
La confianza no se recupera con comunicados redactados ni con estrategias de silencio. Se reconstruye con honestidad, austeridad y rendición de cuentas. Quien representa a los trabajadores debe vivir con la misma responsabilidad que exige para ellos. De lo contrario, el sindicato se convierte en un aparato alejado de las aulas y cada vez más cercano a los privilegios del poder político.
El magisterio mexicano merece dirigentes que caminen los pasillos de las escuelas, no las salas VIP de los aeropuertos. Porque cuando un líder sindical parece viajar a una velocidad muy distinta a la de sus representados, no solo despega un avión: también se desploma la credibilidad.





























