Jorge Arturo Estrada García.
«La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado».
Elbert Green Hubbard.
«Votar al que prometa menos, hará que te lleves una decepción menor».
Bernard M. Baruch.
La democracia mexicana fue demolida hasta los cimientos. Con un explosivo escándalo de corrupción, el INE se desmorona y queda en ruinas. La institución insignia de la credibilidad, fue “morenizada” y destruida. El proyecto de poder, de Andrés Manuel, resulta exitoso. Su inefable Plan C, también. Literalmente, ya mandó al diablo a las instituciones.

De esta forma, los mexicanos perdimos a la única institución que conservaba una credibilidad sólida, que se fue generando durante un cuarto de siglo. Sin embargo, simultáneamente, la Cuarta Transformación también evidencia sus pecados, sus excesos y sus incapacidades, cada día.
Al paso de los años, se han revelado ilícitos, por diversos medios, que van desde los desvíos de miles de millones de pesos hasta complicidades inconfesables, con grupos delincuenciales, para ganar elecciones. Sus gobiernos guindas resultaron incapaces, derrochadores y corruptos.
No obstante, pese a sus éxitos, la Cuarta Transformación también tiene severas fracturas y desgastes. El golpe demoledor fue la enorme corrupción de la consejera presidenta, del Instituto Nacional Electoral, Guadalupe Taddei.
El pantano inunda a los guindas. La superioridad moral desapareció y el plumaje limpio también. La narrativa obradorista ya dejó de funcionar. Entonces, los mecanismos que se emplearán, ahora, consisten en cancelar agresivamente los espacios para el periodismo crítico.
Por lo pronto, la corrupción del nuevo régimen es norma y le brotan escándalos, día tras día. AMLO se propuso destruir al INE y simultáneamente al Tribunal Federal Electoral, TRIFE. Ya lo logró.
Otra vez, en víspera de la mayor elección en la historia del país, regresaremos a los pantanos, al lodazal electoral en donde el partido en el poder gana siempre. Quedaremos reinstalados en la dictablanda, que siempre anheló el tabasqueño.
Andrés Manuel hizo del “fraude electoral del 2006, de Felipe Calderón” un mito que se repite como mantra morenista. Es su piedra fundacional. Aunque, sin pruebas, con cajas vacías acarreadas en un diablito por Fernández Noroña y Claudia Sheinbaum, y un fantasmal algoritmo. han sostenido durante 20 años esa narrativa. Ese rencor persiste y los agobia aún.
No obstante, simultáneamente, López Obrador adoptaba a Manuel Barttlet, el exsecretario de Gobernación que apagó las computadoras en 1988 y decretó ganador al, priísta, Carlos Salinas de Gortari sin terminar de contar los votos. Barttlet, fue el personaje que impidió la potencial victoria de Cuauhtémoc Cárdenas, la figura más importante y prestigiada de la izquierda mexicana. La gran sombra que siempre acompleja al caudillo tabasqueño. El hijo del expresidente, Lázaro Cárdenas, a su muerte recibe importantes homenajes y sinceros elogios, Andrés Manuel, ni siquiera puede acercarse públicamente a esas ceremonias y compartir reflectores.
Así, la prometida “regeneración moral” ha entrado en una fase de desgaste severo. Lo que el discurso oficial presenta como la consolidación de un proyecto popular, en los hechos se ha configurado como una autocracia electoral. En donde la concentración del poder y el uso de mayorías artificiales, en el Poder Legislativo, han asfixiado, cooptado y destruido a los contrapesos institucionales.
Esta erosión, de credibilidad y prestigio, ya no es sólo una percepción de la oposición. Los diversos estudios de opinión, incluso del INEGI, reflejan un desplome en la credibilidad y confianza de los ciudadanos en la democracia y en el gobierno federal que hoy se ubica en un raquítico 45 por ciento. Entonces, el relato de la pureza gubernamental se estrella con una realidad en donde ya el estigma de desconfianza y corrupción queda evidenciado.
La salida de Guadalupe Taddei no limpia la mesa. Ella, deja a un organismo fracturado, y bajo la sospecha ciudadana, justo en la antesala de los comicios intermedios. La exconsejera presidenta destruyó la autoridad moral del árbitro.
Adicionalmente, la captura del Poder Judicial mediante la elección popular, con “acordeones”, de jueces y la liquidación de los órganos autónomos de transparencia como el INAI terminaron por eliminar la rendición de cuentas. Sin embargo, el costo de este modelo autoritario ya pasa facturas, y la agencia HR Ratings recortó la calificación de la deuda soberana de México ante un déficit fiscal persistente por más de cinco años. Entonces, este alto costo financiero, de la deuda externa, devora los recursos que deberían destinarse a estados y municipios. En consecuencia, el margen de la inversión pública se encoge, drásticamente.
De igual forma, en lo social, la narrativa de bienestar choca contra la tragedia de los hospitales públicos. La desarticulación del sistema de salud y el desabasto crónico de medicamentos son cosa de todos los días. Así, la población padece la falta de insumos elementales en las clínicas. En contraste, las investigaciones sobre asignaciones millonarias directas a proveedores, y las transferencias a cuentas en el extranjero, de personajes morenistas, revelan la distancia entre el discurso de austeridad y el enriquecimiento a la sombra del poder.
En el tema de la seguridad, casi un 90 por ciento de los mexicanos percibe que el crimen organizado manda en el país. Estamos en medio de investigaciones por “huachicol fiscal” que salpican a exmandos de inteligencia y figuras políticas, del sexenio saliente. Esta realidad ya no sólo genera indignación local, sino que ha desatado una ofensiva sin precedentes desde Washington. Con la amenaza de persecución penal a políticos implicados en tratos con criminales y la imposición de aranceles automotrices punitivos del 25 por ciento. La Casa Blanca se mantiene al acecho sobre el gobierno mexicano condicionando la relación bilateral a resultados operativos e incautaciones reales.
Actualmente, el Palacio Nacional, está agobiado entre la exigencia de proteger a los antecesores, mantener la unidad partidista y la urgencia de evitar un descarrilamiento económico y diplomático. La estrategia de atrincherarse en el discurso de la soberanía nacional sirve para cohesionar a las bases, pero resulta insuficiente para frenar el desgaste ciudadano y la desconfianza internacional. La amenaza de acciones unilaterales estadounidenses son una sombra que lo enturbia todo. Los escenarios son volátiles, Cuauhtémoc se despidió en medio de respeto y elogios. Andrés Manuel tal vez ni siquiera pueda transitar las calles sin que alguien lo insulte. Las cosas vienen interesantes. Veremos.





























