Piedras Negras, cuna del constitucionalismo

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Rigoberto Losoya Reyes.

En 1913, el movimiento constitucionalista tuvo en Coahuila su punto de partida bajo el liderazgo de Venustiano Carranza, entonces gobernador del estado. En un acto de legitimidad política, el Congreso de Coahuila desconoció al gobierno del general Victoriano Huerta, quien había asumido la presidencia de la República de manera ilegal tras el golpe de Estado. El 26 de marzo de ese año, Carranza firmó el Plan de Guadalupe, documento fundamental que dio sustento ideológico y jurídico a la Revolución Constitucionalista.

Al centro con el cerrojo, Patricio de León Villarreal, de izquierda a derecha, Lucio Dávila, Jacinto B. Treviño, Ing. Carlos Prieto, José Galindo, Pedro de León, Laureano de León, don Venustiano Carranza, Francisco L. Urquizo y Juan Dávila.

Este fue respaldado de inmediato por diversos jefes y oficiales revolucionarios. Al día siguiente de su promulgación, la guarnición militar de Piedras Negras se adhirió al plan, hecho que marcó la participación decisiva de esta ciudad en la defensa del orden constitucional y del principio de legalidad.

En sus inicios, el movimiento enfrentó serias limitaciones, tanto en recursos militares como económicos. Esta situación obligó a Carranza a reorganizar estratégicamente sus fuerzas, siendo Piedras Negras un punto clave para la estructuración del nuevo ejército constitucionalista.

Durante esas semanas, su presencia fue itinerante entre distintas poblaciones del estado. El 1 de abril llegó a Piedras Negras. Los días 2 y 3 permaneció en Estación Monclova, hoy ciudad Frontera. Del 4 al 7 de abril regresó a Piedras Negras, y el 18 del mismo mes volvió a Estación Monclova. Entre el 9 de abril y el 6 de mayo estableció su base en Piedras Negras, desde donde impulsó la organización del movimiento y mantuvo una activa correspondencia con otros líderes revolucionarios, consolidando así los cimientos de la lucha constitucionalista.

La aduana fronteriza, cuartel general
En la aduana fronteriza despachaba don Venustiano Carranza, acompañado por un reducido pero estratégico equipo de colaboradores: su jefe de Estado Mayor, el teniente coronel Jacinto B. Treviño; su secretario particular, Alfredo Breceda; y su ayudante, Francisco L. Urquizo. Los oficiales se alojaban en el mismo edificio junto al Primer Jefe, en condiciones modestas. El personal dormía en catres de campaña, en un entorno que reflejaba la austeridad propia del movimiento revolucionario.

Desde ese espacio, Carranza desarrollaba una intensa actividad administrativa: redactaba oficios, emitía órdenes de movimiento, enviaba telegramas en clave, autorizaba reclutamientos y elaboraba proclamas, manifiestos y nombramientos, además de sostener conferencias telegráficas.

Al mediodía, Carranza acostumbraba a comer con su Estado Mayor en una fonda ubicada sobre la calle Zaragoza. Fiel a su carácter meticuloso, registraba en una pequeña libreta el gasto correspondiente a su comida y la de sus acompañantes, dejando constancia de una disciplina administrativa que contrastaba con las difíciles circunstancias del momento histórico.


La cobertura de la prensa norteamericana
Periódicos como The New York Times, The Washington Post, San Antonio Express y El Paso Herald enviaron a sus reporteros para cubrir el movimiento encabezado por Venustiano Carranza. Por un lado, presentaban al constitucionalismo como una fuerza de estabilización frente al régimen de Victoriano Huerta; por otro, enfatizaban la incertidumbre política y el riesgo para los intereses económicos estadounidenses en la región fronteriza. Esta posición de la prensa norteamericana responde a la forma de pensar de la época, donde la información internacional se encontraba estrechamente vinculada a la política exterior de los Estados Unidos.

La prensa norteamericana documentó el tránsito de tropas, el abastecimiento de armamento y la actividad diplomática informal que se desarrollaba en la frontera. En este sentido, los corresponsales destacaron la cercanía geográfica con Eagle Pass como un factor que facilitaba la observación directa de los acontecimientos, lo cual convirtió a la región en una fuente constante de noticias. La cobertura periodística norteamericana contribuyó a configurar una percepción internacional del constitucionalismo como un movimiento con capacidad de gobierno, especialmente a partir de su consolidación en el noreste. Para el caso de Piedras Negras, esta representación fue clave en la construcción de su imagen como espacio estratégico de la Revolución en la frontera.

La gráfica muestra un recorte de un reportaje muy completo publicado por el periódico “The Sun” de Nueva York, publicado el domingo 27 de julio de 1913.

Ingenio en la frontera: Patricio de León y el primer cañón constitucionalista
Patricio de León trabajaba como mecánico en los talleres del ferrocarril en Piedras Negras y es considerado como el constructor del cañón denominado “El Rorro”.

Previamente, las autoridades habían ordenado el cierre de estos talleres. Sin embargo, una vez instalado el movimiento constitucionalista, Carranza comisionó a Lucio y Juan Dávila para reclutar a los mecánicos capaces de reparar armamento y fabricar municiones. Patricio de León fue el primero en integrarse a esta labor, lo que permitió la reapertura de los talleres. En sus inicios, trabajó prácticamente de forma solitaria, sin ningún apoyo y sin pago alguno. Se dedicó a reconstruir armas, reparar carabinas, fabricar baleros para cartuchos calibre .30-30, así como a elaborar bombas de mano y otros artefactos de guerra. Su eficacia y capacidad técnica llamaron la atención de Carranza, quien le encomendó una tarea mayor: intentar la construcción de un cañón.

De León aceptó el desafío. Utilizando acero disponible en el almacén y mediante técnicas improvisadas, tras largas jornadas de trabajo logró concluir el que sería el primer cañón rayado con cerrojo. Familiarizado con el sistema de medidas inglés, diseñó el arma con un calibre de dos y media pulgadas, equivalente aproximadamente a 63 milímetros, y una longitud cercana a un metro.

El cañón fue trasladado en una plataforma ferroviaria a los llanos de Río Escondido, a pocos kilómetros de Piedras Negras, donde se realizaron pruebas de disparo. Se efectuaron ocho tiros, todos con resultados satisfactorios, lo que confirmó la viabilidad del ingenio.

El propio Patricio de León diseñó y fabricó también la munición. Los casquillos se elaboraban con una aleación similar al latón y se terminaban en torno. Como sistema de ignición, utilizó cartuchos de pistola calibre .44 como fulminantes, mientras que las balas eran fundidas con una cinta de cobre que, al interactuar con el rayado del cañón, permitía su rotación y mejoraba su precisión. Para las espoletas, se emplearon cartuchos de pistola calibre .32. Con el avance del proyecto, se incorporaron otros mecánicos para producir municiones en serie a partir del diseño original de De León. Él mismo fabricó las piezas esenciales del cañón, contando únicamente con el apoyo de sus hermanos, Laureano y Pedro, en la elaboración de componentes menores. Las cureñas fueron encargadas al pailero José Galindo, completando así uno de los esfuerzos más notables de estos mecánicos.