La cuarta transformación se cimbra hasta los cimientos

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Jorge Arturo Estrada García.

«Los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta
ser adulados y ningún hombre de espíritu elevado les adulará».
Aristóteles.

“La vieja práctica de los tiranos es usar a una parte
del pueblo para tener sometida a la otra parte”.
Thomas Jefferson.

En Palacio Nacional, la crisis dejó de ser jurídica. Ya se convirtió en un problema de supervivencia política. Es evidente que el gobierno de Claudia Sheinbaum, enfrenta el momento más delicado desde la llegada de Morena al poder. La negativa de detener y extraditar a diez figuras relevantes del oficialismo, acusadas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos de colaborar con el Cártel de Sinaloa, coloca a México bajo una presión internacional inédita. El caso de Rubén Rocha Moya, ya dejó de ser un expediente penal. Ahora, es un asunto que amenaza con arrasar al núcleo mismo del obradorismo. México está bajo sospecha. La tormenta amenaza al régimen.

Washington endureció el tono y dejó de lado cualquier matiz diplomático. La administración, de Donald Trump, ya no describe a México como un aliado estratégico, ahora lo cataloga como una amenaza infiltrada por el narcotráfico. El concepto de “narcoestado” ya se instaló en el discurso político estadounidense y en los principales medios internacionales. La designación de los cárteles mexicanos como Organizaciones Terroristas Extranjeras y del fentanilo como arma de destrucción masiva cambió las reglas del juego. Ya no se trata sólo de retórica electoral: esas categorías desbloquean facultades extraordinarias bajo los Títulos 10 y 50 del Código estadounidense. Entonces, se abren las puertas a las operaciones de inteligencia, acciones militares limitadas y “extracciones tácticas” en territorio mexicano.

En este momento, en el centro de la tormenta está el caso de Rubén Rocha Moya. Diversas versiones, de los enterados de Morena, lo consideran el ladrillo clave, la piedra angular, que podría derrumbar el muro completo. Las acusaciones del Distrito Sur de Nueva York sostienen que llegó a la gubernatura de Sinaloa, gracias a la intervención de la delincuencia organizada, quienes habrían intimidado a los adversarios políticos y financiado operaciones electorales. A cambio, según el expediente estadounidense, el gobernador habría permitido protección operativa al cártel. En Palacio Nacional, alegan que no hay pruebas y se resisten a extraditarlo junto a los otros nueve coacusados.

Es así, agregan, que para la Cuarta Transformación, esta disputa ya no se trata sólo de Sinaloa. Diversas versiones filtradas desde ambos lados de la frontera afirman que Rocha conoce episodios comprometedores relacionados con el expresidente Andrés Manuel López Obrador, presuntos financiamientos ilegales de campañas y relaciones con los personajes clave del movimiento. Agregan, que en Morena se instaló el miedo al “efecto dominó”. Si Rocha habla, el daño podría alcanzar niveles impensables.

Así, el oficialismo se atrinchera. Ya cerró filas bajo una lógica de silencio absoluto. En donde proteger al “Movimiento” se volvió prioridad política. La estrategia básica del gobierno federal es justificar la negativa de extradición alegando que Estados Unidos no presenta evidencia suficiente. “No hay pruebas”, sostienen angustiados.

Diversos especialistas, lejanos al oficialismo, consideran que el argumento gubernamental es débil y contradice el Tratado de Extradición de 1978, que no exige pruebas concluyentes para una detención provisional. Al parecer, se apuesta por ganar tiempo. Sin embargo, en Washington ya interpretan esa resistencia como complicidad institucional. El mensaje del embajador Ronald Johnson fue brutalmente claro: “ningún funcionario implicado quedará fuera de las investigaciones, sin importar el cargo que ocupe”.

Entonces, la presión escala. Y ya se instaló en el terreno económico y diplomático. El Departamento de Estado inició la revisión de los 53 consulados mexicanos en Estados Unidos bajo sospechas de actividades políticas vinculadas con Morena. Al mismo tiempo, la revisión del T-MEC prevista para julio se convirtió en una herramienta de presión directa. Washington exige resultados tangibles en seguridad y extradiciones para sostener la estabilidad comercial regional. Los mercados reaccionaron con nerviosismo. S&P Global Ratings cambió la perspectiva de México a negativa, mientras la deuda pública supera los 19 billones de pesos y la inversión privada se desploma por la incertidumbre jurídica. La percepción internacional, respecto a nuestro país, comienza a deteriorarse rápidamente. Son escenarios inéditos.

En Palacio Nacional intentan responder con nacionalismo y se aferran a los discursos de soberanía. La narrativa oficial denuncia amenazas extranjeras y acusa a críticos y periodistas de “traición a la patria”. Pero el desgaste ya golpea las encuestas. Algunos sondeos recientes muestran que una mayoría de ciudadanos ya percibe a la presidenta como una mandataria rebasada por la crisis. Observadores, extranjeros, describen a Sheinbaum como una figura que se desgasta, atrapada entre las presiones de Trump y la resistencia interna del núcleo del obradorismo. El problema para el gobierno es que la retórica patriótica comienza a perder fuerza frente a la incertidumbre económica y la sensación creciente de descontrol institucional.

Mientras tanto, la actividad de agencias estadounidenses en territorio mexicano genera nuevas tensiones. Informes filtrados a muy relevantes medios de comunicación internacionales, señalan operaciones paralelas de la CIA y el FBI, infiltración de fiscalías estatales y reclutamiento de informantes mediante visas “parole”.

El paradero de Rocha Moya, está en el centro del debate. Algunas fuentes sostienen que estaría resguardado en instalaciones militares para evitar una posible captura por comandos estadounidenses. Estas versiones encontradas ya retratan el nivel de deterioro de la relación bilateral. En la actualidad, la frontera dejó de ser una franja comercial y migratoria, entre vecinos y socios comerciales. Ahora, se asemeja más a una frontera de guerra fría regional.

La realidad política atrapó a Morena. La situación actual es el retrato de sus “pecados” y excesos, para conquistar el poder. En este escenario, es evidente que el problema ya no puede sostenerse en el marco del discurso ideológico. Ya se convirtió en una crisis moral, económica, diplomática y de seguridad nacional, que arrolla todo a su paso. Parece una avalancha incontrolable.

Desde Washington advierten que las investigaciones apenas comienzan y surgen más nombres de morenistas destacados, como posibles objetivos futuros. El obradorismo enfrenta el riesgo real de que la sombra de la narcopolítica alcance el corazón mismo de su movimiento. Estamos en medio de un episodio trepidante en la historia de la política mexicana. La historia demuestra que las consecuencias suelen ser devastadoras para los gobiernos débiles, divididos y aislados. Es un conflicto asimétrico. Y al parecer, la posición del Palacio Nacional es insostenible. Veremos.