La soledad no siempre está relacionada con estar físicamente aislado. Una persona puede mantener contacto frecuente con familiares, amigos o compañeros y, aun así, experimentar una sensación profunda de desconexión cuando sus relaciones no satisfacen sus necesidades emocionales y sociales.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad. El organismo advierte que se trata de un problema que afecta a todas las edades y regiones, aunque su incidencia es mayor entre adolescentes y adultos jóvenes, así como en países de menores ingresos.
De acuerdo con la OMS, entre 2014 y 2019 la soledad estuvo asociada con más de 871 mil muertes anuales a nivel mundial. Además, la evidencia científica relaciona la desconexión social con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, diabetes, deterioro cognitivo, depresión, ansiedad y muerte prematura.
La organización distingue entre soledad y aislamiento social. El aislamiento se refiere a una situación objetiva en la que una persona cuenta con pocos vínculos o interacciones sociales. La soledad, en cambio, es una experiencia subjetiva que aparece cuando existe una diferencia entre las relaciones que una persona tiene y las que necesita o desea.
Esta diferencia explica por qué tener una vida social aparentemente activa no garantiza sentirse acompañado. La calidad de los vínculos, el apoyo recibido y la posibilidad de establecer relaciones satisfactorias son factores determinantes para la salud social.
Los datos también muestran diferencias importantes según las condiciones económicas. La OMS señala que alrededor de 24.3 por ciento de las personas que viven en países de bajos ingresos reportan sentirse solas, frente a aproximadamente 11 por ciento en los países de ingresos altos. Entre adolescentes y adultos jóvenes las tasas también son particularmente elevadas.
Determinadas circunstancias pueden aumentar la vulnerabilidad. Entre ellas se encuentran vivir solo, perder un empleo, atravesar una separación, jubilarse, enfrentar la muerte de una persona cercana o contar con recursos comunitarios limitados. La discriminación y las barreras sociales también pueden incrementar el riesgo de desconexión.
La OMS advierte que las consecuencias no se limitan al bienestar individual. La desconexión social también puede afectar el desempeño escolar y laboral, reducir la productividad y debilitar la cohesión de las comunidades.
Frente a este escenario, la organización plantea fortalecer las políticas públicas destinadas a promover la conexión social, desarrollar espacios comunitarios y mejorar las redes de apoyo. También considera necesario ampliar la investigación y ofrecer intervenciones que ayuden a las personas a construir y mantener relaciones significativas.
El objetivo, de acuerdo con la OMS, no consiste simplemente en aumentar el número de contactos sociales, sino en favorecer relaciones de calidad que proporcionen apoyo, sentido de pertenencia y bienestar. La conexión social es considerada actualmente un componente fundamental de la salud junto con las dimensiones física y mental.




























